Bosquejo de la Provincia de Soto [Bucaramanga y Piedecuesta] después de la Guerra de los Mil Días

Para los años posteriores a la Guerra de los Mil Días, la Provincia de Soto se encontraba dividida en dos provincias: Bucaramanga y Piedecuesta. La provincia de Bucaramanga comprendía los municipios de Bucaramanga, California, Florida, Girón, Lebrija, Matanza, Puerto Wilches, Rionegro, Suratá y Tona, siendo Bucaramanga su capital; la provincia de Piedecuesta comprendía su capital homónima y los municipios de Los Santos y Umpalá[1]. En 1930 se funda el municipio de Charta que entra a comprender la provincia de Bucaramanga desde esa fecha.

Los centros urbanos se concentraban en las montañas, dedicados primordialmente a la agricultura y la artesanía; en tanto el valle del río magdalena estaba casi deshabitado, con excepción de Puerto Wilches, que se había convertido en el punto de salida de mercancías de la Provincia hacia el Magdalena y de allí hacia los mercados internacionales. Buena parte de la ribera de los ríos Lebrija y Sogamoso estaban prácticamente despobladas, siendo zonas consideradas de clima malsano y en las cuáles el paludismo era considerada una enfermedad endémica[2]. En río Sogamoso se encontraban los puertos de Santos y Marta, los cuales se convertían en casi las únicas poblaciones ribereñas, cumpliendo un papel fundamental en la importación de mercancías y exportación de café, tabaco y otros productos agrícolas hacia el Magsdalena y de allì a los mercados internacionales[3].

El desarrollo del comercio fue un problema constante en la provincia, más aún cuando el estado de las vías era poco menos que deplorable y no existía aún una línea de ferrocarril que conectara los centros productores de café y quina con el Magdalena. Después de la Guerra de los Mil Días la recuperación de la actividad comercial se convirtió en una de las prioridades de los gobernantes. Aún cuando se intentó en el curso de la guerra mantener activos los puertos comerciales para “procurar nuevamente el desarrollo del comercio”[4] el clima malsano impedía que se mantuviesen guarniciones militares permanentes aún cuando se aumentaban los recursos destinados a su sostenimiento[5].

El gobernador de Santander en 1904, Carlos Matamoros, en su discurso de posesión, hace manifiesta la necesidad de construir una red pública vial que permitiese fomentar la industria y el comercio[6]. En esta época el estado de las vías era deplorable, siendo algunas de ellas, como el camino Bucaramanga – Matanza – Pamplona, simples caminos de herradura donde no hay lugar en el que “puedan cruzarse sin peligro dos bestias cargadas.”[7] Esta es una situación que caracteriza por lo menos las tres primeras décadas del siglo XX, el censo de 1912 anota que en toda la provincia sólo existía una carretera de ocho kilómetros que comunicaba Bucaramanga y Floridablanca[8], y para 1928 Ernesto Valderrama, hablando de la situación económica del departamento en esa fecha afirmaba que  “[…] el obstáculo principal que ha sufrido el comercio y las industrias y causa para retardar el verdadero desarrollo comercial, es el alto costo de los transportes terrestres, debido a la falta de vías de comunicación.”[9]

Esta no era una preocupación meramente provincial o departamental, sino una problemática generalizada que comienza a cobrar relevancia en tanto el país deja atrás lentamente los conflictos civiles decimonónicos y comienza el proceso político que intentaba consolidar un estado de paz.

En la Asamblea Nacional de 1905, el problema de la paz fue ampliamente discutido, así como el de las vías de comunicación. Felipe Angulo, en un discurso pronunciado durante la instalación de la Asamblea Nacional de ese año, afirmaba que era necesario, en primer lugar, “conservar la paz á todo trance”, la conservación del orden era considerada una tarea fundamental para evitar el surgimiento de una nueva guerra civil. Así mismo preocupaban las vías de comunicación, ya que la falta de una infraestructura vial que permitiera el transporte rápido y económico de bienes se consideraba como uno de los más grandes factores de atraso económico[10].

Tal sería la importancia y el afán por construir vías que la Ley 60 de 1905 “sobre vías de comunicación”, obligaba a todo habitante mayor de 21 años, “nacional o extranjero” a pagar una “contribución personal para la construcción, reforza [sic] y conservación de las vías públicas” no mayor a doce jornadas al año. Quien no cumpliera con esta obligación sería multado hasta con diez pesos en oro[11].

El mal estado de las vías, aunado al incremento en el valor de los transportes en los años posteriores a la Guerra de los Mil Días, y al costo de la mano de obra debido a su escasez durante las épocas de cosecha[12], lo que obligaba a engancharla desde regiones con excedentes; significaron la reducción de la rentabilidad de las haciendas cafeteras de la provincia de Soto[13].

El transporte en mula era bastante rentable, de hecho, estos animales eran un bien muy importante en la época, ya que una mula podría estar avaluada en diez mil pesos, en tanto una vaca lo estaba en solo cuatro mil[14].

El valor de transporte de una tonelada de mercancía de Bucaramanga hasta Puerto Wilches, en la vía al Magdalena, era de 105,02 pesos en buen tiempo y de 153,62 pesos en época de lluvias. El transporte hasta el Magdalena se hacía de manera terrestre hasta Chuspas, en el kilómetro 72, donde se debía pagar una comisión de recibo y entrega de dos pesos para luego trasportar la mercancía por tren hasta Puerto Wilches[15]. Ernesto Valderrama consideraba que de existir una línea férrea directa entre Puerto Wilches y Bucaramanga el valor del flete férreo se doblaría pero el valor total de transporte se reduciría a tan sólo 31,12 pesos sin importar el clima[16].

La construcción de una línea de ferrocarril que conectara Puerto Wilches y Bucaramanga seguía siendo una utopía para 1929 aún cuando desde 1904 se estaba contratando su realización. En ese año se contrató la construcción del “ferrocarril de Soto al río Magdalena” en el cual se obligaba al concesionario, Aurelio Mutis, a iniciar la obra en un año y terminarla cuatro años después de iniciados los trabajos[17].

Con respecto a los aspectos sociales, los censos de 1912 y 1918 dan una visión general de la población, su edad, ocupaciones e incluso algunos datos sobre escolaridad, alfabetismo y salud. Habría que anotar, que los datos censales no se toman en términos absolutos, ya que en el proceso de recolección de los datos median factores culturales que hacían que las personas obviaran, ocultaran o mintieran frente a las cuestiones consultadas en el censo; así, aunque esencialmente son una fuente cuantitativa, los censos están fundamentados en la historia social. Además, los censos respondían a una intencionalidad estatal, como señala Hermes Tovar, para el siglo XVIII esta intencionalidad estaba representada en la tributación, en tanto en el siglo XIX, esta va a estar enfocada en la cantidad de población electora respondiendo a un interés político-burocrático[18].

Hasta 1938, veinte años después del último censo, se realizó una nueva recopilación de datos censales del país, por ello, solamente contamos con los censos antes enunciados y con una estadística económica del municipio de Girón realizada en 1928. Estas fuentes permiten dar una visión aproximada de la cantidad de población, de los sectores económicos predominantes, y algunos visos de aspectos sociales como la educación y la salud.

Para 1912 la población de la provincia de Soto era de, según el censo, 83.564 personas[19] siendo los municipios más poblados Bucaramanga y Rionegro, y aquellos con un menor número de habitantes Tona y Umpalá. Para 1918 la situación no es muy diferente, como es de esperar para un periodo de apenas seis años, en este lapso de tiempo la población aumentó a 103.861 habitantes, sin mayores cambios en la cantidad de pobladores por municipio[20]. Una década después, la población había aumentado a 141.206 habitantes, siendo el mayor cambio el aumento poblacional del municipio de Piedecuesta, que pasó de 9.656 habitantes en 1918 a 16.609. Bucaramanga casi duplica su población de 24.919 habitantes a 42.312, en tanto Rionegro tuvo un crecimiento prudente aumentando un número apenas superior a tres mil habitantes sobre los censados en 1918[21].

En términos de densidad de población[22], Bucaramanga tenía la mayor densidad con 77 habitantes por kilómetro cuadrado en 1912 y 97,3 habitantes por kilómetro cuadrado en 1918; en contraste, Rionegro, que aparece como el segundo municipio en población, ocupa un lugar discreto en densidad, siendo esta de 6,6 habitantes por kilómetro cuadrado en 1912 y de 7,3 habitantes por kilómetro cuadrado en 1918. Una década después, Bucaramanga tenía una densidad de población de 165,5 habitantes por kilómetro cuadrado, seguida por Piedecuesta, con 45 habitantes por kilómetro cuadrado, en tanto Rionegro tan sólo tenía 8,82 habitantes por cada kilómetro cuadrado de su extensión territorial.

Al hacerse la comparación entre los datos de analfabetismo presentes en los dos censos se muestra una reducción sustancial, tanto así que hace dudar de la fiabilidad de los datos. Mientras en 1912 la mayoría de los municipios superaban el 50% de analfabetismo, siendo un caso extremo Puerto Wilches con un 76,5%, para 1918 el caso más grave de analfabetismo es el municipio de Girón, con un 40,8%[23].

El Censo de 1912 coincide con el resurgimiento de la producción cafetera de exportación, los precios internacionales del café se veían aumentar considerablemente y la producción iba en constante crecimiento, recuperándose de la crisis que generó la Guerra de los Mil Días. En contraste, la producción tabacalera de exportación, otro de los proyectos económicos santandereanos, se iba a pique, pasando de 1910 a 1911 de un 3% a un 1.6% sobre el total de las exportaciones nacionales[24].

Además del café, que dominaba la economía de exportación de la Provincia, en la primera década del siglo se exportaban con relativa importancia los cueros de res, los cigarros y los cueros de chivo; otros productos exportados a través de los puertos fluviales de Santos y Marta eran sacos de fique, caucho, sombreros, tagua, fique, bocadillos y dulces, plantas, puntas de cuernos, lazos de fique, cigarrillos, tabaco, paja para sombreros, mercancías y víveres en general, entre otros con una participación de menos de cien bultos en toda la década. Teniendo en cuenta que el café representó el 85.86% del total de exportaciones por vía fluvial desde la Provincia de Soto es posible inferir la importancia de este cultivo con respecto a otros, como por ejemplo el Tabaco, el cual representó apenas un 1.4% sobre el total de exportaciones, sumando tanto la exportación de la hoja como de los productos manufacturados con ella[25].

Para el caso del Tabaco, así como para otros cultivos y manufacturas, hubo un crecimiento discreto de las exportaciones. Desde el final de la Guerra de los Mil Días hasta 1911 el tabaco tuvo una tendencia lineal de crecimiento de 1,35 bultos anuales, creciendo rápidamente de 1906 a 1908, estabilizándose en ese año a un promedio de 122 bultos mensuales. La exportación de cueros de res era un tanto más estable, no se presentaron grandes cambios en estos mismo años, y el promedio mensual de exportaciones era de aproximadamente 600 bultos. La manufactura era un sector mucho más marginal, por lo menos en lo relativo a la dinámica de exportaciones. Las exportaciones de sombreros tenían un promedio de 21.33 bultos al mes, con una tendencia lineal de crecimiento de 0,41 bultos mensuales, lo cual muestra un comportamiento muy estable.

Durante por lo menos las tres primeras décadas del siglo XX el departamento de Santander en general estaría a la saga del desarrollo industrial impulsado por la bonanza cafetera en el Occidente del país, tanto así que, aun cuando para 1927 Santander contaba con el liderazgo de la industria tabacalera con 58 fábricas medianas de cigarros y cigarrillos, 512 fabriquillas de cigarrillos y 4 fábricas de cigarros; fue Antioquia, con Coltabaco, la que absorbió la producción tabacalera del país[26].

La provincia de Soto era esencialmente agrícola, cuyo proyecto más fuerte era el café seguido por el tabaco, a excepción de Puerto Wilches, donde la “industria de transportes” era la más importante. El sistema de explotación estaba caracterizado por las pequeñas propiedades de explotación familiar, con excepción de Rionegro y en menor medida Girón. Los censos de 1912 y 1918 muestran que la mayoría de las personas estaban ocupadas en lo que se denominaban oficios domésticos y en la industria agrícola, los artesanos, oficiales y aprendices representaban tan solo el 3.7% del total de la población activa en el censo de 1912, y el 20% en el censo de 1918 frente a un 16.1% y un 70% de personas dedicadas a la industria agrícola respectivamente[27].

Solamente dos municipios, Bucaramanga, Lebrija y Piedecuesta, superaban el número de propiedades urbanas sobre las rurales en 1910, tal y como muestra el avalúo catastral de ese año. En municipios como Puerto Wilches la diferencia es abismal, con 31 propiedades urbanas sobre 320 rurales. Rionegro era el municipio con mayor número de propiedades rurales, y con un 21.5% de propiedades urbanas[28], de hecho

Para 1928 el área cultivada en Girón estaba dedicada mayoritariamente al pasto (648 ha) y tabaco (397 ha), siendo el café un cultivo que, aunque con relativa importancia, estaba muy por debajo de estos dos cultivos con 195 hectáreas cultivadas representando tan sólo un 8% del área total cultivada del municipio[29], los cuales se ubicaban primordialmente en el corregimiento de Motoso, donde habían 162 hectáreas cultivadas[30].

Ese año, en la descripción de la situación económica del Departamento realizada por Ernesto Valderrama, este afirmaba:

La agricultura constituye la principal ocupación de los habitantes y su principal fuente de riqueza. Se produce gran cantidad de café, tabaco, caña de azúcar, millo, frijoles, arvejas, papas, trigo, cebada, plátanos, arroz y muchos otros destinados al consumo. Aquellos que como el café y el tabaco resisten los fuertes gastos que demanda el transporte a lomo de mula y por caminos fragosos, una vez satisfecho el consumo, se destinan a la exportación.[31]

A pesar de que el Tabaco no lograba posicionarse como un cultivo de exportación del nivel del Café, en 1928 este se cultivaba en la Provincia de Soto en los municipios de Los Santos, Bucaramanga, Girón, Lebrija, Rionegro y Piedecuesta, municipios donde además se hacía el “beneficio” de la hoja, que consistía básicamente en el secado de la hoja. La Provincia de Soto tenía como principales centros de transformación de la hoja en cigarros y cigarrillos a Bucaramanga y Piedecuesta, y en menor orden Girón, Lebrija y Rionegro[32].

Además de las industrias agrícolas la Provincia tenía presencia de economía extractiva, por un lado por la explotación de hidrocarburos en Puerto Wilches, y por otro el proyecto aurífero de California, que fracasa hacia 1914 aproximadamente. Ernesto Valderrama mencionaba además la presencia de pequeñas explotaciones mineras de plata en California, de Sulfato en Rionegro y de diversos metales y minerales en el municipio de Los Santos, de donde se habría extraído Cobre, Galena (PbS), Azufre, Mica y Talco, Yeso y Piedras Preciosas[33].

PRODUCCIÓN CAFETERA

Analizar la producción y comercialización de café en Colombia significa comprender una relación recíproca y funcional entre gobierno y productores, donde incluso algunos de ellos podían formar parte de las instituciones gubernamentales a la par de cumplir con su papel de cafeteros[34]. Tal y como afirman Salomón Kalmanovitz y Enrique López, “la historia del café en Colombia es la de la manera como sus productores consolidaron su influencia social y económica[35]” en el país.

Tal vez la característica más importante de este periodo haya sido el decaimiento de la producción cafetera provincial frente a la producción nacional. La región cafetera de la provincia, comprendida por los municipios de Rionegro, Lebrija, Matanza y Bucaramanga desde el siglo XIX, se va a ampliar a los municipios de Girón y Floridablanca, en las primeras décadas del siglo XX. Un renglón que a finales del siglo XIX significaba el 70% del valor total de las exportaciones, fue relevante en la construcción de la sociedad colombiana, más aún cuando se trata del Santander decimonónico, lugar donde se concentraba la mayor parte de la producción[36]. Datos del norteamericano Robert Beyer de 1947, demostrarían que la producción de café en el Departamento de Santander para el año de 1874 era de alrededor de seiscientos mil kilos, es decir, el 90% de la producción total del país[37].

Con relación a la producción nacional, en las primeras décadas del siglo XX la región santandereana va a perder relevancia frente al resto del país. Mientras a comienzos de siglo la producción cafetera de Santander y Cundinamarca representaban un 82% de la producción nacional, para 1932 ésta solo pesaba un 24%[38]. Sin embargo la producción cafetera se sostuvo y aumentó su producción a partir de 1912, aunque sin poder hacer frente a la competencia generada por la producción en pequeñas propiedades de menos de 20 hectáreas en el Occidente colombiano[39]. Para 1928 la producción de café está en aumento, junto con la de otros sectores como la Caña de Azúcar, con mayor dinamismo que otros renglones como el trigo, el arroz y el cacao. Para este año existe un número de 12.096.000 árboles distribuidos en 10.454 hectáreas en la provincia de Soto, según los cálculos de Ernesto Valderrama; lo cual representaba, con un total de 100.800 sacos el 77% de la producción total del departamento[40].

La hipótesis más compartida por los historiadores y economistas que han investigado la producción cafetera para las primeras tres décadas del siglo XX, es que la estructura de la hacienda cafetera no pudo competir con la pequeña producción basada en la mano de obra familiar y una mejor calidad del producto cultivado en el occidente del país. Sin embargo, esta hipótesis se ha enfocado en el proceso hacendatario Cundinamarqués y en los datos comparativos entre producción santandereana versus producción y exportación antioqueña, lo cual es apenas de esperarse ante la inexistencia de estudios exhaustivos sobre la materia para el Departamento.

La hacienda era la unidad de producción agrícola característica de Rionegro, y en menor medida de Lebrija, donde junto con Bucaramanga y Matanza, predominaba la producción en pequeñas y medianas propiedades. Al parecer la unidad de producción predominante en la provincia de Soto desde finales del XIX por lo menos fue el cultivo en fincas, con fuerza de trabajo familiar, en cooperación y asistencia (convites)[41], lo cual se corrobora con la baja proporción de jornaleros en los diferentes municipios de la provincia, exceptuando a Rionegro[42].

A diferencia de Cundinamarca y el Tolima, la hacienda cafetera Santandereana es aun un espacio desconocido[43], el cual es posible comprender medianamente a través de las obras generales que tratan sobre la historia de la industria cafetera de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Marco Palacios describió a la empresa cafetera santandereana como “centrada en las haciendas, cercadas por parcelas campesinas”, siendo la fuerza de trabajo predominante en las haciendas el peón y el jornalero, así como el viviente o aparcero del café[44].

La hacienda como forma de explotación agrícola no era exclusiva del municipio de Rionegro, Lebrija, Bucaramanga, Piedecuesta y Matanza primordialmente, son municipios donde el registro de los casos de homicidios deja ver la existencia de haciendas agrícolas y agropecuarias en los espacios rurales de los municipios arriba mencionados. Los cultivos o relaciones que sea posible observar en los expedientes…

La producción de café aumentaría especialmente después de 1912, fecha en la cual se considera un nuevo auge para la exportación cafetera.

Aunque las exportaciones aumentaban de manera discreta en el Departamento, estas eran proporcionalmente marginales frente al total de exportaciones nacionales o las realizadas por otras regiones. En 1928 fueron movilizados 2’795.111 bultos de 60 kilos en todos los puertos del país. El Departamento de Santander exportaba a través de tres puertos de embarque: Barranca, Wilches y Cúcuta; de estos Puerto Wilches era el que recibía el mayor número de bultos de exportación provenientes de la provincia de Soto, siendo para 1928 de alrededor de setentaicinco mil bultos en todo el año, que representaban menos del tres por ciento del total nacional. En contraste, el puerto de La Dorada exportó ese mismo año más de ochocientos mil bultos, Puerto Berrío movilizó casi seiscientos mil bultos en tanto se exportaron por Cúcuta 191.954 bultos[45].

Los datos brindados mensualmente por la Revista Cafetera de Colombia, mostraron para 1929 un ligero aumento de la cantidad de bultos movilizados por Puerto Wilches, llegando a aproximadamente noventa mil bultos, por lo menos veinte mil bultos más que el año anterior[46]. Lo que no logran revelar estas cifras es la caída en los precios del café en ese mismo año, situación que se habría vuelto crítica hacia el mes de noviembre, tal y como lo revela un artículo editorial de la revista cafetera donde se hace manifiesta la situación de subordinación en el mercado internacional frente a la producción brasilera, la cual estaría haciendo frente a la crisis de la bolsa de Nueva York regulando la oferta y la demanda con un stock de aproximadamente once millones de sacos[47].

Así como en 1912 la recuperación del precio mundial del café significó el repunte de la producción y exportación del grano, la baja en los precios de 1929 implicaría el desaceleramiento de la producción y con ello una nueva crisis en las empresas cafeteras de la Provincia de Soto. Para 1930 el saco de café se cotizaba a 17,2 dólares en la bolsa de Nueva York, menos de lo que se pagaba en 1922, y mucho menos de lo que estaba cotizado el año anterior cuando ya había pasado de 27,3 dólares a 22,8 dólares por saco de café[48].

Para finales de 1929 aun se asumía con prudencia la caída del precio internacional del café, por lo que se comenzaron a considerar las estrategias por parte de la Federación Nacional de Cafeteros para hacerle frente a la crisis de la bolsa de Nueva York. Una de estas estrategias consideraba necesario el nivelar por el estándar más alto los cafetales del país, con lo cual de paso se criticaba a los productores hacendatarios tradicionales revelando un conflicto entre los representantes antioqueños de la Federación con los de los Departamentos de la región oriental de Colombia. El editor de la Revista afirmaba:

Algunos grandes hacendados dueños de fincas de 500.000 y de 1.000.000 de árboles, critican a la Federación su campaña sobre beneficio, sosteniendo que esa campaña es innecesaria. Ellos creen que todos los cafetales del país son los excelentes y enormes de Viotá o los bellos y selectos de Antioquia. Gran error digno de los que viven preocupados de sus fincas, pero que no saben que hay departamentos cuya producción se hace, en su gran mayoría con cafetos que sirven de cercas de potreros.[49]

La Federación Nacional de Cafeteros fue una organización jalonada por los intereses antioqueños, lo que no excluyó a algunos terratenientes santandereanos que participaron en su creación, como fueron Roberto Carreño y Alfredo García Cadena, siendo este último propietario de la hacienda “Violeta Floresta” y otras haciendas menores del municipio de Rionegro. Los miembros de la junta directiva de la Federación fueron en su mayoría los dueños de las más grandes haciendas cafeteras del país, pero su cuerpo de miembros estaba representado tanto por grandes como por pequeños propietarios, y de hecho la Federación buscaría defender un sistema corporativista basado en el impulso y la conservación de la estructura productiva basada en los pequeños propietarios, lo cual habría generado algunos conflictos entre la Federación y los hacendados de Cundinamarca, Tolima y Santander que generaría la creación de pequeñas Federaciones de cafeteros en cada departamento en la década de 1930[50].

En 1929 había alrededor de 38 miembros santandereanos dentro de la Federación Nacional de Cafeteros, la cual contaba en esa fecha con 240 miembros de todo el país. De los miembros santandereanos, 31 pertenecían a los municipios de la provincia de Soto, en especial del municipio de Lebrija, municipio caracterizado por el cultivo en pequeñas unidades productivas, el cual contribuía con 16 miembros. Los demás municipios de la provincia que tuvieron miembros en la Federación fueron Rionegro, con seis afiliados, Bucaramanga con cinco, y Floridablanca y Girón con dos miembros cada uno[51].

Según Diego Pizano, después de los años treinta la hacienda cafetera sería vencida por las propiedades inferiores a veinte hectáreas, las cuales serían mucho más competitivas al resolver el problema de la mano de obra utilizando fuerza de trabajo familiar, donde el campesino administraba directamente su propiedad y produciendo sus propios alimentos, lo cual le daba una ventaja superior a la hacienda en épocas de bajos precios[52].


[1] Censo Nacional de 1918. p. 299.

[2] Gaceta de Santander. Bucaramanga, 28 de abril de 1902, Año XLIV, Núm. 3492, p. 19. GALÁN GÓMEZ, Mario. Geografía económica de Colombia. Tomo VIII, Santander. Bucaramanga: Imprenta Departamental de Santander  – Sección de publicaciones de la Contraloría Nacional, 1947, p. 137.

[3] Gaceta de Santander. Bucaramanga, 1 de abril de 1902, Año XLIV, Núm. 3489, p. 5. Gaceta de Santander. Bucaramanga, 9 de febrero de 1904, Año XLVI, No. 3579, p. 50. Cfr: PALACIOS, Marco. El café en Colombia, 1850 – 1970. México – Bogotá: El Colegio de México – El Áncora editores, 1983, p. 51.

[4] Gaceta de Santander. Bucaramanga, 1 de abril de 1902, Año XLIV, Núm. 3489, p. 5.

[5] Gaceta de Santander. Bucaramanga, 28 de abril de 1902, Año XLIV, Núm. 3492, p. 19

[6] Gaceta de Santander. Bucaramanga, 18 de enero de 1904, Año XLVI, Num. 3573, p. 25.

[7] Gaceta de Santander. Bucaramanga, 12 de enero de 1904, Año XLVI, Num. 3570, p. 14.

[8] Censo Nacional de 1912. p. 245.

[9] VALDERRAMA BENÍTEZ, Ernesto. “Santander en 1928. Situación económica” en: Tierra Nativa, Bucaramanga, marzo 2 de 1929, año III, Núm. 106, p. 2.

[10] Gaceta de Santander, Bucaramanga, 3 de mayo de 1905, No. 3706, p. 137.

[11] Gaceta de Santander, Bucaramanga, 23 de junio de 1905, No. 3725, p. 211.

[12] Esta escasez de mano de obra era bastante común, sobre todo para los municipios de Rionegro y Lebrija, especialmente en la época de cosecha. GALÁN GÓMEZ, Mario. Op cit, p. 350.

[13] JUNGUITO BONNET, Roberto y PIZANO SALAZAR, Diego. Producción de café en Colombia. Bogotá: FEDESARROLLO, 1991, p. 26.

[14] Gaceta de Santander, Bucaramanga, 21 de agosto de 1905, No. 3740, p. 272. Gaceta de Santander, Bucaramanga, 3 de octubre de 1905, No. 3747, p. 301.

[15] VALDERRAMA BENÍTEZ, Ernesto., op cit, p. 2

[16] Ibidem.

[17] Gaceta de Santander. Bucaramanga, 29 de marzo de 1904, Año XLVI, Núm. 3592, p. 103.

[18] TOVAR PINZÓN, Hermes; TOVAR MORA, Jorge Andrés y TOVAR MORA, Camilo Ernesto. Convocatoria al poder del número. Censos y estadísticas de la Nueva Granada (1750 – 1830) Bogotá: Archivo General de la Nación, 1994, pp. 53 – 54.

[19] Para los datos de población se toman los plasmados en el compendio de estadísticas históricas de los santanderes, elaborados por William Buendía, ya que muchos de los datos censales en el original debieron ser sometidos a corrección estadística por errores en la compilación o transcripción de ellos. BUENDÍA ACEVEDO, William. Compendio de estadísticas históricas de los santanderes. Bucaramanga: CDIHR – UIS, COLCIENCIAS, 1994, pp. 427 y 448.

[20] BUENDÍA ACEVEDO, William, op cit, pp. ; CENSO NACIONAL DE 1918. Dirección General de Estadística de la República de Colombia. 1918. pp. 299, 301, 313, 315, 320 y 322.

[21] Gaceta de Santander, No. 5391, 1 de marzo de 1929, p. 79.

[22] La extensión territorial de los municipios de la provincia se toma de la Geografía Económica de Colombia de Mario Galán Gómez, elaborada en 1941; esto hace que sea necesario aclarar que para 1941 ya existía el municipio de Charta (fundado en 1927) y Vetas, los cuales se desprendieron de California; y El Playón, que se desprendió de Rionegro, por lo que los cálculos se hacen sumando los territorios municipales vigentes de 1910 a 1929. GALÁN GÓMEZ, Mario, op cit, pp. 184 – 185.

[23] BUENDÍA ACEVEDO, William, op cit, pp.

[24] TOVAR ZAMBRANO, Bernardo. “La economía colombiana (1886 – 1922)” en: Nueva Historia de Colombia. Bogotá: Planeta, 1989, Vol. V, pp. 9 – 11.

[25] Los valores relativos a las exportaciones durante la primera década del siglo XX fueron tomados de: Gaceta de Santander. 14 de mayo de 1907, Año XLIX, Num. 3835, p. 64. Gaceta de Santander. Bucaramanga, 24 de septiembre de 1907, año XLIX, Num. 3864, p. 174. Gaceta de Santander- Bucaramanga,  Lunes 10 de febrero de 1908, Año LX, No. 3892, p. 44. Gaceta de Santander. Bucaramanga, martes 4 de Agosto de 1908, año LX, No. 3926, p. 179. Gaceta Departamental. Bucaramanga, lunes 8 de febrero de 1909. Año I, No. 15, p.118. Gaceta de Santander. Bucaramanga, 26 de Julio de 1909, Año I, No. 43, p. 341. Gaceta Departamental. Bucaramanga, lunes 17 de enero de 1910, año II, No. 68, p. 31. Gaceta de Santander. Bucaramanga, 16 de agosto de 1910, año LXI, Num. 3958, p. 192. Gaceta de Santander- Bucaramanga,  1 de febrero de 1911, Año LXII, No. 3980, p. 56. Gaceta de Santander. Lunes 20 de enero de 1908, Año LX, No. 3886, p. 20. Gaceta de Santander. Bucaramanga, martes 4 de Agosto de 1908, año LX, No. 3926, p. 179. Gaceta Departamental. Bucaramanga, lunes 8 de febrero de 1909. Año I, No. 15, p. 117. Gaceta de Santander. Bucaramanga, 26 de Julio de 1909, Año I, No. 37, p. 294. Gaceta departamental. Bucaramanga, lunes 7 de marzo de 1910, No. 76, p. 95 Gaceta de Santander. 23 de agosto de 1910, Num. 3960, p. 207. Gaceta de Santander- Bucaramanga,  22 de mayo de 1911, Año LXII, No. 4006, p. 262.

[26] MAYOR MORA, Alberto. “Historia de la industria colombiana. 1886-1930” en: Nueva Historia de Colombia. Bogotá: Planeta, 1989, Vol. V, p. 330.

[27] BUENDÍA ACEVEDO, William, op cit, p. 466 y 543, CENSO NACIONAL DE 1918, op cit.

[28] Gaceta de Santander. Bucaramanga, 4 de mayo de 1910, año II, No. 3935, p. 183.

[29] BUENDÍA ACEVEDO, William, op cit, p. 709.

[30] Ibíd., p. 711.

[31] VALDERRAMA BENÍTEZ, op cit, p. 4.

[32] Ibidem.

[33] Ibíd., p. 9. GALÁN GÓMEZ, Mario., op cit.

[34] MARTÍNEZ, Frédérick, op cit, p. 158.

[35] KALMANOVITZ, Salomón y LÓPEZ ENCISO, Enrique. La agricultura colombiana en el siglo XX. Bogotá: FCE – Banco de la República, 2006, p. 77.

[36] BERGQUIST, Charles. Café y conflicto en Colombia (1886 – 1910) Bogotá: Áncora – Banco de la República, 1994, pp. 54 – 55.

[37] JUNGUITO BONNET y PIZANO, op cit, p. 55.

[38] Ibíd., p. 79.

[39] Ibíd., p. 13.

[40] VALDERRAMA BENÍTEZ, Ernesto., op cit, pp. 2 y 6.

[41] CASTAÑEDA RUEDA, Luisa y VILLAMIZAR MEZA, Nancy Liliana. Producción de café en Bucaramanga, Lebrija y Matanza. 1880 – 1912. Tesis de Grado, UIS, Escuela de Historia, 1997, p. 2.

[42] BUENDÍA, op cit, pp. 466 y 543.

[43] Cfr: DEAS, Malcolm, “Una hacienda cafetera en Cundinamarca: Santa Bárbara 1870-1912”, en Anuario colombiano de historia social y de la cultura, Bogotá, 1976, N° 8, págs. 75-99; PALACIOS, Marco, El café en Colombia 1850-1970. una historia económica, social y política, Bogotá: El Colegio de México – El Áncora Editores 1983; RAMÍREZ BACCA, Renzo. Historia laboral de una hacienda cafetera. La Aurora, 1882 – 1982. Medellín: La Carreta, 2008.

[44] PALACIOS, Marco. El café en Colombia, op cit., p. 65.

[45] Revista Cafetera de Colombia, Bogotá, Volumen I, Números 3 y 4, enero – febrero de 1929, p. 71.

[46] El valor total es un aproximado ya que los datos correspondientes a las dos semanas finales de noviembre y al mes de diciembre no pudieron ser consultados al no existir documentos en el archivo histórico de la UIS. Revista Cafetera de Colombia, Bogotá, Números 5 a 14, marzo – diciembre de 1929.

[47] Revista Cafetera de Colombia, Vol. II, No. 14, diciembre de 1929, p. 435.

[48] Datos tomados de JUNGUITO BONNET, Roberto y PIZANO SALAZAR, Diego., op cit, p. 21.

[49] Revista Cafetera de Colombia, Vol. II, No. 13, noviembre de 1929, p. 355.

[50] SAETHER, Steinar. “Café, conflicto y corporativismo” en: Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, Vol. 26, 1999, pp. 147 y ss.

[51] Revista Cafetera de Colombia, números 3 a 13, enero – diciembre de 1929.

[52] PIZANO SALAZAR, Diego. “El sector cafetero colombiano en el siglo XX” en: DÁVILA LADRÓN DE GUEVARA, Carlos (Comp.) Empresas y empresarios en la historia de Colombia. Bogotá: Norma – UNIANDES, 2003, p. 1124.

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