Sobre el “milenario” “arte” de la tauromaquia

En esta época en mi pueblo, Bucaramanga, se vuelve a celebrar la feria anual que incluye, como buena festividad popular en este país, unas corridas de toros. En este momento cuando la sensibilidad hacia los animales se profundiza, son mayores las solicitudes populares para terminar con este espectáculo, las cuales apoyo totalmente. Pero existe un mito según el cual el toreo hace parte de un “arte” “milenario” inserto en las raíces más profundas del ser hispanoamericano, y allí es dónde salen a relucir aficionados al toreo que así mismo fueron artistas como Picasso y Hemingway, ¿quien puede decir que estos hombres de artes no supieran lo que es el arte del toreo? ¿cómo competir con estos grandes de las artes? Bueno, hay que decir primero que estas referencias son por lo general lugares comunes de personas que no son artistas y además en ocasiones ni siquiera conocen a profundidad la obra y la historia del arte moderno. Pero más allá de esto sería interesante entrar un poco a refutar el papel artístico milenario de la tauromaquia.

Pero ¿de dónde surge el mito de la tauromaquia como arte de torear? Sin ser una prueba irrefutable, lo más seguro es que la tauromaquia haya sido concebida apenas en el siglo XVIII, un siglo cuando las élites europeas avanzaron en la pacificación y domesticidad de las clases terratenientes, y con ello contribuyeron al refinamiento de las costumbres*. En ese momento las élites españolas buscaron una manera de “refinar” el toreo, de elevarlo a la categoría de arte para que no fuera erradicado de las diversiones y sacarlo de la lista de aficiones bárbaras. En la Inglaterra y Francia del siglo XVIII los deportes violentos se moderaban al máximo y la cacería del zorro se llevaba hasta un punto donde el “placer” derivado de la sangre derramada por el animal se viera suplido por el goce del deporte de cabalgar. Tanto la cacería del zorro en Inglaterra como las corridas de toros en España han contado con oponentes desde su establecimiento como deporte (o peor, como arte). Por ejemplo esta imagen del Punch de 1850 es una expresión de la oposición de ciertas clases con respecto al “deporte” de la caza del zorro:

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La diferencia con la tauromaquia es que la caza del zorro se refinó al punto de volverse un coto exclusivo de los terratenientes de ascendencia noble, y de la misma manera llegó a Estados Unidos, Canadá, Francia, Irlanda, Italia y Australia, por lo que la caza fue considerada como una tradición elitistas y clasista. En cambio, la tauromaquia se construyó como un arte popular ganando dos dimensiones: la de arte y la de deporte. La caza del zorro se desarrollaba en los campos, alejado de la vida cotidiana de las ciudades, en tanto las corridas de toros se llevaban a cabo en el centro de las ciudades y poblados, al acceso del pueblo, que entraba a ver a los diestros batirse contra los toros.

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Ilustración del autor del libro “La tauromaquia o el arte de torear”

No sería errado afirmar que una de las muestras del origen de esta transformación del toreo de divertimento popular a arte es el libro del torero sevillano Josef Delgado (alias) “Illo”, “La tauromaquia o el arte de torear. Obra utilísima para los toreros de profesión, para los aficionados, y toda clase de sugetos que gustan de los Toros“, publicado en Cádiz en 1796. El libro empieza haciendo claridad al lector que este es el primer libro de su tipo que es publicado para tratar el tema, afirmando el autor que:

no obstante estar en un siglo donde se escribe hasta de las Castañuelas, no ha habido uno siquiera que hable del toreo, me ha empeñado aun mas en ser el primero que salga á lucir sus pensamientos e ideas Taromáticas, fundadas en la sabia esperiencia, que es la madre legítima de sus conocimientos.

Este libro es considerado por su autor como el primer tratado sobre el toreo, una síntesis de las reglas, suertes y en general “patentara” las bases comunes por las que podría considerarse un arte, las que sin mayor antecedente teórico podían ser planteadas preliminarmente por el autor, quien contaba con la experiencia en la lidia de toros.

¿Por qué Delgado consideraba que la tauromaquia podía ser de “buen gusto” para todas las personas? En primer lugar recurría a la popularidad (“el toreo es generalmente aplaudido”), en segundo lugar se argumentaba su incorporación en el ser nacional (“es característico de la nación española, y lo han egecutado sus mas lucidos é ilustres brazos”) y finalmente sus cualidades de entretenimiento y estéticas (“todos gustan ver los toros, ya por el conjunto de objetos tan gratos que reunen estas fiestas, y ya por los lances, contrastes, y acasos que contienen las lidias”). Como podrá notar el lector, con ligeros cambios estos son los tres argumentos esgrimidos aún hoy en día por los promotores de las corridas de toros.

Para Delgado no había mayor necesidad de argumentar el gusto por las corridas de toros, llegó incluso a decir que “la afición de los toros nace con el hombre mismo, y particularmente en España.” Pero no sólo sería algo innato sino además una prueba del “valor” del hispano, lo cual se resaltaría con los héroes que se batían con toros: “El Cid Campeador lanceaba á caballo. El emperador Carlos V. aguardó un Toro, y lo mató de una lanzada; Felipe IV. egercitaba esta afición con frecuencia; y lo mismo el Rey don Sebastián de Portugal.” Básicamente, Delgado resaltaba cómo el toreo se estaba difundiendo entre la nobleza, teniendo los caballeros como recomendación, además de las artes de la guerra, el saber torear a pie y a caballo.

Es bien interesante además la manera como se refiere a aquellos que consideraban bárbara esta práctica:

Lejos de aquí los genios pacatos, envidiosos, y aduladores, que han tenido valor de llamar bárbara á esta aficion. Sus razones son hijas del miedo, producidas por la envidia, y acordadas por su suma flogedad é indolencia.

Es evidente que en la época donde el refinamiento de las costumbres llevaba a reducir los actos agresivos al máximo posible, algunos elevaran su voz contra este espectáculo, no tanto por el sufrimiento del animal, que es un argumento moderno, sino por la posibilidad de morir y ser herido. Delgado en cambio refutaba estos argumentos afirmando que eran más los hombres que perecían practicando la Pelota, el Truco, la Barra, Raqueta, el Mallo** “y otros juegos de violencia”, los cuales en ese momento no eran considerados como agresivos o violentos. Incluso comparaba las posibilidades de morir nadando o montando a caballo como superiores a las de perecer en medio de la lidia de toros.

Anteriormente, el toreo era un espectáculo donde se asesinaba de la manera más cruel al animal, interviniendo toda la población espectadora, quienes lanzaban desde las gradas lanzas y banderillas, pero así mismo el espectáculo del toreo era también una muestra gimnástica, donde hombres saltaban y hacían toda clase de acrobacias jugando con el toro. Es a finales del siglo XVIII cuando el toreo se plantea como un duelo, de hecho como un duelo noble, pero en lugar de ser dos hombres enfrentados la lucha era entre la bestia y el torero, y realmente es el siglo XIX el que ve “ennoblecer” el “arte” de la lidia de toros***.

Muchos mitos en la historia son simplemente ficciones construidas que por transmisión memética se transforman en “verdades sociales”. En este caso, la ficción del arte milenario es simplemente inexistente, antes bien es la refinación de una costumbre eminentemente violenta y bárbara que se perpetuó en España de la misma manera que lo hizo su monarquía. Es simplemente una necesidad histórica la desaparición de estos “deportes”, que no son más que rezagos de una época donde la crueldad era sinónimo de diversión, y en la era de la realidad virtual donde es más fácil lograr escapes de violencia a través de mundos digitales, es innecesario y contraproducente tener arenas y hacer de héroes a personajes que son de su siglo: el XIX.

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Notas:

* Norbert Elias, “Un ensayo sobre el deporte y la violencia” en: Norbert Elias y Eric Dunning, Deporte y ocio en el proceso de la civilización. México: Fondo de Cultura Económica, 1995, p. 209

** Teresa Lozano de Armendárez realizó un interesante estudio de los juegos novohispanos del siglo XVIII en su artículo “Juegos de Azar. ¿Una pasión novohispana?”, allí puede el lector comprender cada uno de los juegos mencionados, así como los elementos que hacían que fuese prohibido o permitido. VER: http://www.ejournal.unam.mx/ehn/ehn11/EHN01109.pdf

*** Alberto Sánchez Álvarez-Insúa, “Toros y Sociedad en el Siglo XVIII. Génesis y Desarrollo de un espectáculo convertido en seña de identidad nacional” ARBOR Ciencia, Pensamiento y Cultura, CLXXXII 722 noviembre-diciembre (2006).

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