El siglo XIX que se asoma a la vuelta de la esquina

Al parecer, la segunda mitad del siglo XX fue tan solo un periodo de estupor frente a la posguerra. La sociedad industrial sostenida por naciones fuertes que buscaban por cualquier medio ampliar su “Lebensraum“, se vio reemplazada por la sociedad de consumo y desenfrenado laissez faire. La guerra fría fue básicamente una contradicción poderosa entre el modelo norteamericano de la posguerra y el sistema heredado desde el siglo XIX: el nacionalismo. Obvio, esta es una cuestión de la geopolítica del mundo Europeo extendido (Europa, sus colonias y sus territorios heredados en norteamérica, oceanía y Sudáfrica), porque en el resto del mundo estábamos en otros problemas: dictaduras militares, revoluciones armadas inconclusas, auge del narcotráfico, criminalidad y violencia en acelerado crecimiento, crecimiento desigual, etc, etc…

El problema es que para todos parecía que el mundo había “superado” el siglo XIX, la segunda guerra mundial fue una especie de “ya es suficiente, vamos a jugar a la guerra con el tercer mundo”. El siglo XIX no se superó, se trasladó de espacio, el Lebensraum ya no se luchaba en Europa sino en las colonias, esas que estaban independizándose, y en aquellas que parecía iban a forjar alianzas con el bando soviético. El temor de la guerra nuclear, de la tercera guerra mundial, esa paranoia de los años ochentas en la cual crecimos muchos, dio para programas especiales, para profecías, para invasiones. Cuando el bloque soviético se desintegró se dió por concretado el modelo de la posguerra, Fukuyama afirmó que había llegado el fin de la historia, y con un McDonnalds se impuso la bandera norteamericana sobre suelo moscovita: la segunda guerra mundial había terminado por fin.

El G8 se convirtió en la alianza imperial, con un dominio de Estados Unidos que fue decayendo hasta el día de hoy, cuando cuatro poderes se disputan el dominio de dicha alianza: Inglaterra, Alemania, Estados Unidos y Rusia. ¡Qué fácil es caer en el anacronismo al observar la dinámica actual del poder de las naciones! El imperio británico que se modernizó con la Commonwealth of Nations comprende el Lebensraum de 53 países, Alemania fortalece su espectro de poder mundial cuidando eso sí de no ser asociados con la Geopolitik de Karl Haushofer [1] (lo que no ha impedido que los PIGS dibujen a Merkel con un bigote Hitleriano), Estados Unidos lucha por mantener su posición como el gobierno del mundo tratándo de restaurar su fama de adalid de la libertas mundial sin cuyo concurso hubiera sido imposible ganar la segunda guerra mundial, y Rusia recupera su poder económico rapidamente y se enfrenta a sus pares del G8 diciendo tercamente no, sin ningún problema.

El intento de Rusia de recuperar a Crimea trae tantos recuerdos que ya John Kerry afirmó en un programa de la CBS “You just don’t in the 21st century behave in 19th century fashion by invading another country on completely trumped up pre-text[2] El problema del portavoz de Estados Unidos es que Rusia se pasó por alto cualquier concurso de naciones, pero más grave aún, avanzó sobre la Unión Europea sin mayor problema. Estados Unidos da patadas de ahogado diciendo a Rusia “te vamos a sacar del G8”, pero a Rusia eso no le molesta, no necesita del G8, de hecho, está recuperando su política soviética de control geopolítico: llamó a sus antiguos aliados y está haciendo unos cuantos nuevos, como Venezuela.

Para los menos memoriosos, esto es volver a la Guerra Fría, pero para los más temerosos, como John Kerry, esto es volver al Siglo XIX, es la recurrencia del mito del eterno retorno. Para los conservadores este es un retorno a un espacio ideal (para los monarcas lo sería un retorno al Siglo XVII), un retorno feliz, para Estados Unidos es un retroceso, una vuelta a un mundo donde no tenía el poder de decidir y ganar el apoyo de las mayorías poderosas. ¿Qué hubiese sido la segunda guerra mundial sin Stalin? es una pregunta que se han repetido en incalculables ocasiones los historiadores del mundo entero, si Hitler no hubiese invadido Rusia ¿Habría tenido la posibilidad de ganar la guerra? Estas preguntas contrafactuales dejan entrever el poder de Rusia, el imperio que derrotó a Napoleón y a Hitler, pero que a su vez fue debilitado por Estados Unidos y sus corporaciones.

Desde Yugoslavia hasta Irak el G8 llegaba a poner orden como el director de un instituto reformatorio, si era un país que no se comportaba bien había que imponer el orden civilizado. Y mientras la posmodernidad se pregunta cuántos ángeles caben en la punta de un alfiler, los Estados movieron sus fichas y se fortalecieron a la vieja usanza. Cuando apareció Siria en el panorama Rusia  dijo no, y aún hoy mantiene un férreo apoyo al régimen de ese país con el que mantiene unas alianzas importantes. El G8 sacó sus cartas diplomáticas: los derechos humanos, la libertad de las naciones, la defensa de los desprotegidos. En Occidente Siria es un país donde un dictador trata de matar a sus ciudadanos que protestan y tuvieron que armarse para defenderse (CNN es un promotor de este discurso), mientras en el Este Siria es un país que se defiende de los ataques inclementes de mercenarios terroristas aliados a Al-qaeda (una lectura de RT muestra esta otra cara).

Ucrania parecía que no iba a pasar de una “primavera”, pero los elementos en juego no eran tan sencillos. Para Rusia Ucrania es parte de su Lebensraum, para la UE es parte del suyo, y para los medios esto era como cubrir otro conflicto menor hasta que Rusia no quizo aceptar “la derrota”. Ahora paga con la misma moneda: su invasión a Ucrania es una búsqueda por garantizar los derechos humanos, y por defender un país de las intenciones mezquinas del resto del G8 [3] Las declaraciones del canciller ruso Sergéi Lavrov no son únicamente una justificación de sus acciones militares, son un manifiesto de la pérdida del dominio geopolítico de Estados Unidos que tiene que luchar en todos los frentes por mantener su poder.

Los temerosos ya están limpiando sus refugios antibombas y los más ilusos sacan de los armarios la bandera estampada con la hoz y el martillo. ¿Qué va a pasar? Dificil saberlo, el papel de futurólogo le ha quedado siempre mal a los historiadores, pero por lo menos es casi imposible que haya una guerra entre naciones al estilo de la vivida en Afganistán entre Estados Unidos y la Unión Soviética; habrán eso sí, ultimatums, boikots, censuras, que no pasarán a mayores, por lo menos no en la situación actual. Si Rusia establece bases militares en Cuba, Nicaragua y Venezuela no habrá una situación de la guerra fría, porque ya no es una amenaza de la tiranía comunista sobre el mundo libre, pero que incomoda a Estados Unidos es apenas evidente, es más, incomoda a Colombia.

Cómo no saber esta situación si apenas a unos kilómetros de las fronteras de Colombia la geopolítica rusa encuentra un poderoso aliado en suramérica, vecino de Colombia, el mayor aliado de Estados Unidos en el sur del continente. ¡Qué difícil es no caer en el anacronismo! Ahí está Uribe Vélez y sus secuaces gritando a viva voz que Juan Manuel Santos es un castro-chavista, de la misma manera que los republicanos exclaman que Barak Obama es un comunista [4], la dificultad de Uribe está en comprender que no se pueden crear muros de Berlín en Cúcuta, Colombia necesita de Venezuela y ellos de Colombia, es apenas lógico, incluso Maduro se retractó cuando como un niño caprichoso se encerró en el cuarto a insultar a Santos por decirle que se calmara. En este momento Colombia está recibiendo caramelos: mejoras en la política de visados, acuerdos bilaterales no militares, apertura de la Unión Europea (excepto Alemania e Inglaterra, que no quieren que los Colombianos se conviertan en un riesgo innecesario), pero a sectores como el uribismo no le gusta vivir con caramelos, quiere levantarse y decir “fuera aviones rusos de Colombia”, quiere denunciar internacionalmente la invasión Rusa, quiere entrar en un juego donde Colombia no tiene lugar.

Es muy difícil no caer en el anacronismo, y para algunos chavistas el regreso de Rusia al juego es lo mejor que les puede pasar. Desde Chávez, quien podía ser todo menos un bobo, que buscó la alianza con Rusia, no porque fuera comunista, o chavista, o castrista, o más justa, o defensora de los derechos humanos, o menos imperialista, sino porque le apostó a un jugador muy fuerte. No sabemos como lo estén viendo Maduro y Cabello, lo peor es que no se ven como Ucrania [5], sino como un escenario de la Guerra Fría que nunca ha terminado para ellos, es más, para ellos no ha terminado la guerra de Independencia, la que buscó el héroe Bolívar (reconstruido anacrónicamente como un líder socialista), y Ucrania y Venezuela no son sino nuevas evidencia de esta batalla.

¿Es este “eterno retorno” al siglo XIX una evidencia de la permanencia de sus instituciones aún hoy en el siglo XXI? Parece que no. Aunque las mentes y los discursos lo traigan a colación permanentemente como el coco (“cuidado con lo que haces, podrías volver al Siglo XIX, dios no quiera eso”), lo que queda en evidencia es el uso de la “historia” como una herramienta política, el temor a un pasado dibujado desde una perspectiva y cargado de valores positivos y negativos, un juego en el cual muchos han quedado enfrascados preguntándose cuántos ángeles cabrían en un alfiler si existiera dios.

Actualización 05/03/2014: 

La permantente memoria de la Guerra Fría para tratar la crisis de Ucrania es apenas evidente. Aquí el “analista político” vinculado a RT, Lajos Szaszdi, menciona reiterativamente el conflicto soviético – estadounidense, desde una perspectiva pro-rusa, e incluso aclara la vinculación histórica de Ucrania a Europa desde, por lo menos, el Siglo XIX: “¿Se repite la Guerra Fría? El analista Lajos Szaszdi responde en La W

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