…García Márquez…

El 23 de septiembre, un día después del fallecimiento de Álvaro Mutis, escribí un corto mensaje de blog que entre otras cosas decía:

Ahora sólo falta que muera Márquez, para que salgan todos los expresidentes y la farándula criolla a reclamar un triunfo ajeno, a rendir homenajes de manera analfabeta: sin leer.

En realidad, debo decirlo, no he sido capaz de ver un noticiero nacional, no creo soportar la inundación de hipocresía que como avalancha cubra de detritos las casas de los colombianos. No he sido capaz en buena medida porque con los periódicos y las redes sociales he tenido suficiente.

A diferencia de la muerte del repugnante personaje Diomedez Díaz, esta vez las hordas de chibchas no están llorando a un ídolo, de hecho lo sienten tan lejano que no saben bien si era colombiano o mexicano, si era patriota o castro-chavista, pero cómo van a saber ¡si ni siquiera saben que es un Nóbel! Se confunden fácilmente con un novel, que es un principiante, un inexperto. En este país donde la mayoría considera que History es un canal de divulgación científica, es difícil que salgan a las calles en masa a comprar las obras de Márquez y hacer el duelo leyendo sus novelas.

Obvio, es más fácil emborracharse, pegarle a la mujer, echarle ácido a la novia y escuchar música en la ventana del vecino que leer, así sea para que no le guste, pero leer. Si acaso las señoras leen “El camino de la fé”, “Ángeles”, “Acabe con las adicciones cotidianas”, o cualquier otra basura que les pueda “ayudar” a ganar la lotería. En México sí leen a García Márquez, y también leen basura, pero casi en cada hogar mexicano hay un libro de García Márquez leído o por leer, los niños los leen en las escuelas, aprenden a leer con sus cuentos, pero aquí es mejor que lean “Un camino hacia la sabiduría” o cualquier otra idiotez que su maestra psicópata esté leyendo para evitar el suicidio.

Personalmente García Márquez no fue un autor de mi gusto, a pesar que mi papá tiene en su biblioteca todos sus libros y novelas, y que aún recuerdo que con mi mamá comentábamos el cuento “El rastro de tu sangre en la nieve”, que aun considero uno de los mejores cuentos que he leído en mi vida. También recuerdo que me impresioné muy jóven con el comienzo de “El Otoño del Patriarca”, en especial con esa parte que dice:

En los últimos años, cuando no se volvieron a oír ruidos humanos ni cantos de pájaros en el interior y se cerraron para siempre los portones blindados, sabíamos que había alguien en la casa civil porque de noche se veían luces que parecían de navegación a través de las ventanas del
lado del mar, y quienes se atrevieron a acercarse oyeron desastres de pezuñas y suspiros de animal grande detrás de las paredes fortificadas, y una tarde de enero habíamos visto una vaca contemplando el crepúsculo desde el balcón presidencial, imagínese, una vaca en el balcón de la patria, qué cosa más inicua, qué país de mierda, pero se hicieron tantas conjeturas de cómo era posible que una vaca llegara hasta un balcón si todo el mundo sabía que las vacas no se trepaban por las escaleras, y menos si eran de piedra, y mucho menos si estaban alfombradas, que al final no supimos si en realidad la vimos o si era que pasamos una tarde por la Plaza de Armas y habíamos soñado caminando que habíamos visto una vaca en un balcón presidencial donde nada se había visto ni había de verse otra vez en muchos años hasta el amanecer del último viernes cuando empezaron a llegar los primeros gallinazos que se alzaron de donde estaban siempre adormilados en la cornisa del hospital de pobres, vinieron más de tierra adentro, vinieron en oleadas sucesivas desde el horizonte del mar de polvo donde estuvo el mar, volaron todo un día en círculos lentos sobre la casa del poder hasta que un rey con plumas de novia y golilla encarnada impartió una orden silenciosa y empezó aquel estropicio de vidrios, aquel viento de muerto grande, aquel entrar y salir de gallinazos por las ventanas como sólo era concebible en una casa sin autoridad…

Tenía algo así como once años cuando leí esa parte, no era para menos que me sorprendiera una vaca en el balcón presidencial. Pero poco a poco crecí y le perdí el gusto, ya no me sorprendía sino me aburría, demasiado local, demasiado costeño, era más extraño un realismo mágico como el de Günter Grass, quien confieso leí sólo después de ver “El tambor de hojalata” en algún cine foro. Pero un europeo debe sentir lo mismo al leer a García Márquez, un narrador de una tierra tan extraña y bizarra que parece irreal, como cuando uno lee Juan Rulfo y piensa en ese mundo extraterrestre que se vuelve concreto al compararlo con el “Pueblo en Vilo” de Luis González y González.

Por eso veo algo más honesto cuando la Deutsche Welle dedica una nota especial por la muerte de García Márquez, cuando la BBC dedica una extensa nota de tributo, o el País de España, o el Universal de México, porque esos son mundos extraños al nuestro. ¿Han leído la noticia de Associated Press acerca de García Márquez? Según ellos después de García Márquez comienza la literatura latinoamericana, porque sépanlo mis estimadas candidatas al reinado nacional de la belleza, su autor favorito publicó “Cien años de soledad” en 1967, cuando lo más osado escrito en español era la Rayuela, donde, siendo honestos, uno no sabe si está tomando mate en París o café en Buenos Aires.

Pero, como no soy ni mucho menos un literato o un experto en literatura hispanoamericana, dejo a aquellos que sí lo son hacer el estudio crítico literario de la obra de García Márquez. Quienes no son capaces de cerrar la boca para evitar demostrar su ignorancia son nuestros estimadísimos uribistas, esa mala copia de republicano radical estadounidense atrapado en cuerpo indígena, al igual que nuestros chibcharios. Convencidos que son adalides de la libertad de expresión, los promotores de la educación religiosa y el estado católico, se han lanzado contra la muerte de García Márquez acusándolo de haber sido un promotor del castro-chavismo y muy seguro partícipe de rituales satánicos, quema de judíos y banquetes orgiásticos con cuerpos de niños como cena y vírgenes como postre.

No recuerdo un mensaje similar cuando murió Saramago, ni siquiera conozco a alguien medianamente inteligente en la izquierda que no lea Borges porque era amigo de Pinochet. Claro, personajes los hay, como aquellos que aplaudirán la muerte de Vargas Llosa por ser un “proimperialista”, o que no leen a Ernest Hemingway porque era un cazador machista aficionado a los toros. Me imagino que para los uribestias, Picasso, Miró y Kandinsky deben quemarse en la hoguera junto con todo el arte degenerado del siglo XX, pero eso sí, no se atrevan a escuchar Wagner, porque para eso están los sonidos inmortales de Diomedez Díaz, que como Álvaro Uribe, son los más grandes colombianos que este país ha podido dar…

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