Café y desarrollo. El papel de la innovación en el crecimiento cafetero colombiano de 1880 a 1930

Cuando a finales del siglo XVIII Colombia descubrió las posibilidades del cultivo y exportación de café, el sueño de convertirse en un país cafetero era apenas una utopía. Entrando a la carrera del desarrollo con una seria desventaja, Colombia tendría que competir contra Brasil en el mercado mundial de grano, en primer lugar tratando de alcanzar los inmensos niveles de producción brasilera, para por fin, después de la Guerra de los Mil Días descubrir que la clave del éxito no estaría en sacar el mayor grano posible sino en hacer de este el más competitivo a nivel mundial, aumentando la calidad desarrollando un café colombiano que será el que hoy es reconocido globalmente.

En este ensayo se expondrá, desde una perspectiva neoinstitucional, que la posibilidad de crecimiento económico derivada de la producción de café se debió en buena medida a la innovación tecnológica, la implementación de un sistema de ferrocarriles cafeteros y a la creación de una clase de empresarios cafeteros a inicios del siglo XX que reemplazaron a la burguesía hacendataria del siglo XIX. Al final, se realiza un balance de por qué esta bonanza cafetera no redundó en transformar a Colombia en un país desarrollado sino apenas contribuyó a sostener un crecimiento moderado que le permitiera estar dentro de los niveles aceptables de una economía latinoamericana sin alcanzar el crecimiento de Brasil, Argentina o México. La hipótesis de la cual parte este escrito comprende que los cambios institucionales al interior de la economía cafetera no fueron acompañados de transformaciones en las instituciones estatales, las cuales, aunque lograron crear incentivos para la producción cafetera, no lograron garantizar el monopolio de la fuerza ni la estabilidad necesaria en términos de bienestar social, salarios, impuestos y aranceles.

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El ser de América y la invención de las Indias

“La invención de América” de Edmundo O’Gorman es uno de los textos canónicos de la historiografía americana, forma parte de lo que puede enunciarse como “historiografía del descubrimiento”, en la cual están involucrados historiadores y pensadores de la talla de Silvio Zavala[i], Tzvetan Todorov[ii], Germán Arciniegas[iii], entre otros[iv]. El interés en producir este trabajo, según lo manifiesta O’Gorman en su introducción a la segunda edición en español de 1976, radica en que la “aparición América en el seno de la Cultura Occidental no se explicaba de un modo satisfactorio”, por ello, al igual que  lo hizo Zavala unos años antes, hace una relectura de los cronistas para interpretar su imaginario y de esta forma llegar a entender cuál fue el “proceso explicativo del ser del Nuevo Mundo”[v]. Como es sabido, el autor dedica tres capítulos para explicar de manera sucinta ese proceso, en los cuales expone los siguientes argumentos: las cartas de Colón demuestran que hasta el final de sus días estuvo convencido que había llegado a Asia, el pensamiento occidental del siglo XV no comprendía la existencia de otro continente, y la denominación del nuevo continente como América fue inventada por los redactores de la Cosmographiae Introductio con base en los informes dados por el genovés Américo Vespucio después de sus viajes por el recién descubierto continente.

La imposibilidad de que América hubiera sido descubierta subyace a un problema ontológico: el ser de América no es el mismo definido por Colón, ya que este en realidad estuvo atribuyendo a las tierras descubiertas características de un continente asiático[vi]. El ser de América significa algo diferente a la “masa de tierras no sumergidas” y va más allá de su denominación. América “es” porque se inventa. Es así una estructura ontológica que soporta una realidad espiritual, pero es así mismo una entidad que comprende el ser un continente y a la vez una especie histórica percibida como Nuevo Mundo. Inventar América, en el sentido dado por O’Gorman es dotar de sentido a un espacio desconocido y otorgarle un lugar en la cosmovisión universal a partir de las ideas de sus inventores.

¿Qué es entonces el ser de América? Es el ser de su inventor, que no fue Américo Vespucio ni la Academia de Saint-Dié sino el del pensamiento occidental renacentista. Viene dado por su carácter de ser un Nuevo Mundo, un ente que se irá realizando en tanto Europa puede llevar a cabo su utopía religiosa y monárquica en esas tierras recién encontradas. O’Gorman comprende que el ser de América “es” en tanto posibilidad de realizar la nueva Europa, es un ser ab alio, construido a partir de la percepción propia del occidente de Europa como una manifestación de su autoconciencia.

O’Gorman da sentido al ser de América como un ente histórico que existe, aunque no profundiza en este aspecto puesto que trasciende los límites de su estudio[vii]. Heidegger explicaba que “el Dasein es histórico en el fondo de su ser, un decir que viene de su historia y que a ella retorna”[viii], esto explica que las posibilidades del ser de América provengan del pasado latino o sajón y retornen en forma de imitación o reproducción del modelo europeo. Aquí proviene uno de los problemas del ser de América que O’Gorman apenas deja planteado: en la historia latina “América deja de ser sí misma puesto que cumple el programa original de su ser histórico”, es decir, aunque no es Asia se convierte en Las Indias y como tal adquiere una existencia particular a partir de ese no-ser América.

La idea de la invención de Las Indias se propuso a comienzos del siglo XVI con la “Historia de la invención de las Indias” de Fernán Pérez de Oliva (1494?-1531)[ix]. Sin entrar a profundizar en los pormenores de la obra[x], debe comprenderse que en el caso de este humanista el término invención significa imaginar, que así mismo se relaciona con proyectar, hallar, encontrar[xi]. Para Pérez de Oliva las Indias son el resultado de un designio divino del cual Colón era el instrumento elegido[xii], en este sentido, el ser de este nuevo mundo no es el mismo de América (el desarrollo de la potencialidad del pensamiento moderno[xiii]) sino la emulación de la obra de Dios en la península.

De esta manera Las Indias cobran un sentido ontológico, no como un argumento ideológico sino como un aspecto fundamental para entender el devenir del continente durante los siglos XVI y XVII en el que las Indias eran en cierta manera una extensión del ser hispano, no un continente aparte. Sin embargo O’Gorman pasa por alto el hecho de que en buena medida el ser de América en los territorios españoles no se empieza a construir sino hasta el siglo XVIII con la entrada de las reformas borbónicas y, por ende, del pensamiento francés, el mismo que vio nacer la idea de América en la Cosmographiae Introductio. Las transformaciones del sentido del ser América son una forma de comprender una filosofía de la historia en clave americana, que sin duda es el aporte más importante de O’Gorman y que significó ubicar a éste continente en la “filosofía de la historia universal” de la que habíamos estado excluidos hasta entonces.

Bibliografía

Arciniegas, Germán. América: 500 años de un nombre. Vida y época de Amérigo Vespucci. Bogotá: Villegas Editores, 2002.

———. Américo y el Nuevo Mundo. México: Editorial Hermes, 1955.

Arrom, José Juan. “Historia de la invención de las Indias de Hernán Pérez de Oliva: peripecias de un recobrado manuscrito del siglo XVI.” En Discursos sobre la “invención” de América. Ed. Iris M. Zavala, 15–34. Amsterdam: Rodopi, 1992.

Heidegger, Martin. Ser y tiempo. Trad. Jorge Eduardo Rivera. Madrid: Trotta, 2003.

Marrero-Fente, Raúl. “Ecdótica y crítica textual en la ‘Historia de la invención de las Indias’ de Fernán Pérez de Oliva.” En Los límites del oceáno: estudios filológicos de crónica y épica en el Nuevo Mundo. Ed. Guillermo Serés, Mercedes Serna, and Bernat Castany, 91–103. Bellaterra: Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, Universidad Autónoma de Barcelona, 2009.

O’Gorman, Edmundo. La invención de América: investigación acerca de la estructura histórica del nuevo mundo y del sentido de su devenir. México: Fondo de Cultura Económica, 2003.

Pérez de Oliva, Fernán. Historia de la invención de las Indias. México: Siglo XXI, 1991.

Pietschmann, Horst. “De ‘La invención de América’ a la ‘Historia como invención.’” Historia Mexicana 46.4 (1997): 705–709.

Todorov, Tzvetan. La conquête de l’Amérique: la question de l’autre. Paris: Seuil, 1982.

Zavala, Iris M. “De ‘invenciones’: Palabras liminares.” En Discursos sobre la “invención” de América. Ed. Iris M. Zavala, 1–6. Amsterdam: Rodopi, 1992.

Zavala, Silvio. La filosofía política en la conquista de América. México: Fondo de Cultura Económica, 1947.

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NOTAS

[i] Silvio Zavala, La filosofía política en la conquista de América,  (México: Fondo de Cultura Económica, 1947).

[ii] Tzvetan Todorov, La conquête de l’Amérique: la question de l’autre,  (Paris: Seuil, 1982).

[iii] Germán Arciniegas, Américo y el Nuevo Mundo,  (México: Editorial Hermes, 1955); Germán Arciniegas, América: 500 años de un nombre. Vida y época de Amérigo Vespucci,  (Bogotá: Villegas Editores, 2002).

[iv] Un recuento de algunos textos producidos en esta línea antes y después de la publicación del libro de O’Gorman pueden encontrarse en Horst Pietschmann, “De ‘La invención de América’ a la ‘Historia como invención’” Historia Mexicana. 46.4 (1997): 705–709.

[v] Edmundo O’Gorman, La invención de América: investigación acerca de la estructura histórica del nuevo mundo y del sentido de su devenir (México: Fondo de Cultura Económica, 2003) 9.

[vi] Ibid., 46.

[vii] Ibid., 153.

[viii] Martin Heidegger, Ser y tiempo, Trad. Jorge Eduardo Rivera (Madrid: Trotta, 2003) 197.

[ix] Fernán Pérez de Oliva, Historia de la invención de las Indias,  (México: Siglo XXI, 1991).

[x] Para ello pueden revisarse los trabajos de José Juan Arrom, “Historia de la invención de las Indias de Hernán Pérez de Oliva: peripecias de un recobrado manuscrito del siglo XVI” en Discursos sobre la “invención” de América. Ed. Iris M. Zavala,  (Amsterdam: Rodopi, 1992), 15–34; Raúl Marrero-Fente, “Ecdótica y crítica textual en la ‘Historia de la invención de las Indias’ de Fernán Pérez de Oliva” en Los límites del oceáno: estudios filológicos de crónica y épica en el Nuevo Mundo. Ed. Guillermo Serés, Mercedes Serna, and Bernat Castany,  (Bellaterra: Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, Universidad Autónoma de Barcelona, 2009), 91–103.

[xi] Iris M. Zavala, “De ‘invenciones’: Palabras liminares” en Discursos sobre la “invención” de América. Ed. Iris M. Zavala (Amsterdam: Rodopi, 1992) 1.

[xii] Arrom, “Historia de la invención de las Indias de Hernán Pérez de Oliva: peripecias de un recobrado manuscrito del siglo XVI” 30.

[xiii] O’Gorman, La invención de América 158.

Las puertas de palacio

Las puertas de palacio no caían, ni con el calor del fuego ni la fuerza de los arietes, tan buena era la tecnología que el fuego se apagaba y los cristales no se quebraban. Cuando todos estaban agotados, algunos incluso sentados observando la escena, se percataron de un leve movimiento de una de las puertas que simplemente se abrió, seguida posteriormente por su compañera. Todos, quietos, estupefactos, miraron el interior del palacio que de otra manera no podrían observar. Los más temerosos corrieron gritando que del interior saldrían los soldados a acribillarles, los más prudentes se hicieron a un lado y los mismos que estaban golpeando la puerta hacía unos minutos cambiaron la vehemencia por prudencia y apenas se asomaban al interior del edificio. Pronto, empezaron a entrar las personas, recorrieron todo el palacio y muchos se asomaron desde el balcón donde el presidente solía dar sus alocuciones en las efemérides de la independencia y la revolución, las fotos no tardaron en tomarse, pero siguieron siendo más quienes se quedaron por fuera. Después de unas cuantas horas, sin un solo policía o soldado a la vista, la última persona salió, dejando el palacio abierto, tal cual les fue mostrado por el azar o la fuerza, permaneciendo así, con uno que otro visitante durante un par de días. La puerta simplemente amaneció cerrada, aunque nadie parecía notarlo, antes bien se retomó el camino tranquilo y rutinario por aquella entrada de palacio que de la otra forma generaba más temor que curiosidad. El presidente salió entonces a su balcón, luciendo como nunca su banda presidencial, para tranquilizar a sus ciudadanos: “México, por fin, ha encontrado la tranquilidad…”

Los abusos de la cultura. El toreo y la libertad artística

Si es necesario hablar de los abusos de la cultura no hay mejor ejemplo que el vivido en este momento en Colombia: por una parte, la exposición “Mujeres Ocultas” fue censurada porque se oponía a la tradición católica, un ataque a la cultura religiosa. Por otra parte, se reviven las corridas de toros en Bogotá bajo el argumento de preservar la cultura taurina, el arte de una minoría. En ambos casos, el abuso del término cultura, merced de la extrema relativización del término, permite que cualquiera alegue que sus acciones son patrimonio cultural. Como lo dice el concepto que tiene el mismo Ministerio de Cultura, el patrimonio cultural comprende la “suma de bienes y manifestaciones que abarca un vasto campo de la vida social y está constituida por un complejo conjunto de activos sociales de carácter cultural (material e inmaterial), que le dan a un grupo humano sentido, identidad y pertenencia”*. Como quien dice es todo y nada a la vez.

El problema aquí es considerar que la cultura es neutral y que por el simple hecho de ser “cultura” se convierte en intocable, pura, sin posibilidad de cuestionamiento. Tan parcializada es la cultura que las últimas decisiones son meramente ideológicas en una confrontación cultural: el catolicismo frente a la expresión femenina y los taurinos frente a la sensibilidad con los seres vivos. Aquí mezclar patrimonio, memoria, arte y cultura en un solo paquete genera un inconveniente bastante serio, un sálvese quien pueda en el que cualquier argumento es válido.

Nadie pensaría en derrumbar los edificios del campo de concentración de Auschwitz y aunque algunos proponen abrirlos nuevamente para el exterminio de judíos (aunado a los inmigrantes legales e ilegales) en pro de la defensa de la cultura europea ningún juez en su sano juicio lo haría. De hecho, ningún magistrado por fuera de España pensaría en permitir abrir una plaza de toros solo por la “defensa de la cultura” de los hispanos.

Hay que poner límites a la cultura, la consideración postmoderna del término seguirá sirviendo más a los intereses de los conservadores que de los grupos más civilizados.

…García Márquez…

El 23 de septiembre, un día después del fallecimiento de Álvaro Mutis, escribí un corto mensaje de blog que entre otras cosas decía:

Ahora sólo falta que muera Márquez, para que salgan todos los expresidentes y la farándula criolla a reclamar un triunfo ajeno, a rendir homenajes de manera analfabeta: sin leer.

En realidad, debo decirlo, no he sido capaz de ver un noticiero nacional, no creo soportar la inundación de hipocresía que como avalancha cubra de detritos las casas de los colombianos. No he sido capaz en buena medida porque con los periódicos y las redes sociales he tenido suficiente.

A diferencia de la muerte del repugnante personaje Diomedez Díaz, esta vez las hordas de chibchas no están llorando a un ídolo, de hecho lo sienten tan lejano que no saben bien si era colombiano o mexicano, si era patriota o castro-chavista, pero cómo van a saber ¡si ni siquiera saben que es un Nóbel! Se confunden fácilmente con un novel, que es un principiante, un inexperto. En este país donde la mayoría considera que History es un canal de divulgación científica, es difícil que salgan a las calles en masa a comprar las obras de Márquez y hacer el duelo leyendo sus novelas.

Obvio, es más fácil emborracharse, pegarle a la mujer, echarle ácido a la novia y escuchar música en la ventana del vecino que leer, así sea para que no le guste, pero leer. Si acaso las señoras leen “El camino de la fé”, “Ángeles”, “Acabe con las adicciones cotidianas”, o cualquier otra basura que les pueda “ayudar” a ganar la lotería. En México sí leen a García Márquez, y también leen basura, pero casi en cada hogar mexicano hay un libro de García Márquez leído o por leer, los niños los leen en las escuelas, aprenden a leer con sus cuentos, pero aquí es mejor que lean “Un camino hacia la sabiduría” o cualquier otra idiotez que su maestra psicópata esté leyendo para evitar el suicidio.

Personalmente García Márquez no fue un autor de mi gusto, a pesar que mi papá tiene en su biblioteca todos sus libros y novelas, y que aún recuerdo que con mi mamá comentábamos el cuento “El rastro de tu sangre en la nieve”, que aun considero uno de los mejores cuentos que he leído en mi vida. También recuerdo que me impresioné muy jóven con el comienzo de “El Otoño del Patriarca”, en especial con esa parte que dice:

En los últimos años, cuando no se volvieron a oír ruidos humanos ni cantos de pájaros en el interior y se cerraron para siempre los portones blindados, sabíamos que había alguien en la casa civil porque de noche se veían luces que parecían de navegación a través de las ventanas del
lado del mar, y quienes se atrevieron a acercarse oyeron desastres de pezuñas y suspiros de animal grande detrás de las paredes fortificadas, y una tarde de enero habíamos visto una vaca contemplando el crepúsculo desde el balcón presidencial, imagínese, una vaca en el balcón de la patria, qué cosa más inicua, qué país de mierda, pero se hicieron tantas conjeturas de cómo era posible que una vaca llegara hasta un balcón si todo el mundo sabía que las vacas no se trepaban por las escaleras, y menos si eran de piedra, y mucho menos si estaban alfombradas, que al final no supimos si en realidad la vimos o si era que pasamos una tarde por la Plaza de Armas y habíamos soñado caminando que habíamos visto una vaca en un balcón presidencial donde nada se había visto ni había de verse otra vez en muchos años hasta el amanecer del último viernes cuando empezaron a llegar los primeros gallinazos que se alzaron de donde estaban siempre adormilados en la cornisa del hospital de pobres, vinieron más de tierra adentro, vinieron en oleadas sucesivas desde el horizonte del mar de polvo donde estuvo el mar, volaron todo un día en círculos lentos sobre la casa del poder hasta que un rey con plumas de novia y golilla encarnada impartió una orden silenciosa y empezó aquel estropicio de vidrios, aquel viento de muerto grande, aquel entrar y salir de gallinazos por las ventanas como sólo era concebible en una casa sin autoridad…

Tenía algo así como once años cuando leí esa parte, no era para menos que me sorprendiera una vaca en el balcón presidencial. Pero poco a poco crecí y le perdí el gusto, ya no me sorprendía sino me aburría, demasiado local, demasiado costeño, era más extraño un realismo mágico como el de Günter Grass, quien confieso leí sólo después de ver “El tambor de hojalata” en algún cine foro. Pero un europeo debe sentir lo mismo al leer a García Márquez, un narrador de una tierra tan extraña y bizarra que parece irreal, como cuando uno lee Juan Rulfo y piensa en ese mundo extraterrestre que se vuelve concreto al compararlo con el “Pueblo en Vilo” de Luis González y González.

Por eso veo algo más honesto cuando la Deutsche Welle dedica una nota especial por la muerte de García Márquez, cuando la BBC dedica una extensa nota de tributo, o el País de España, o el Universal de México, porque esos son mundos extraños al nuestro. ¿Han leído la noticia de Associated Press acerca de García Márquez? Según ellos después de García Márquez comienza la literatura latinoamericana, porque sépanlo mis estimadas candidatas al reinado nacional de la belleza, su autor favorito publicó “Cien años de soledad” en 1967, cuando lo más osado escrito en español era la Rayuela, donde, siendo honestos, uno no sabe si está tomando mate en París o café en Buenos Aires.

Pero, como no soy ni mucho menos un literato o un experto en literatura hispanoamericana, dejo a aquellos que sí lo son hacer el estudio crítico literario de la obra de García Márquez. Quienes no son capaces de cerrar la boca para evitar demostrar su ignorancia son nuestros estimadísimos uribistas, esa mala copia de republicano radical estadounidense atrapado en cuerpo indígena, al igual que nuestros chibcharios. Convencidos que son adalides de la libertad de expresión, los promotores de la educación religiosa y el estado católico, se han lanzado contra la muerte de García Márquez acusándolo de haber sido un promotor del castro-chavismo y muy seguro partícipe de rituales satánicos, quema de judíos y banquetes orgiásticos con cuerpos de niños como cena y vírgenes como postre.

No recuerdo un mensaje similar cuando murió Saramago, ni siquiera conozco a alguien medianamente inteligente en la izquierda que no lea Borges porque era amigo de Pinochet. Claro, personajes los hay, como aquellos que aplaudirán la muerte de Vargas Llosa por ser un “proimperialista”, o que no leen a Ernest Hemingway porque era un cazador machista aficionado a los toros. Me imagino que para los uribestias, Picasso, Miró y Kandinsky deben quemarse en la hoguera junto con todo el arte degenerado del siglo XX, pero eso sí, no se atrevan a escuchar Wagner, porque para eso están los sonidos inmortales de Diomedez Díaz, que como Álvaro Uribe, son los más grandes colombianos que este país ha podido dar…

La ciencia histórica después de Ken Ham

Hace unos pocos días hubo una especie de debate con Richard Dawkins después que en su cuenta de Twitter publicara el siguiente mensaje: ”Why didn’t a historian write The Better Angels of Our Nature? Why did it take a scientist?” Esta pregunta era una manifestación de admiración por el trabajo de Steven Pinker, renombrado científico y además uno de los asociados más recientes al movimiento por la razón y la ciencia de Dawkins, donde presenta una visión del descenso milenario de los índices de violencia en la humanidad. Después de unas cuantas réplicas donde se hizo evidente la permanencia de la idea de una división entre las ciencias duras y las ciencias blandas (humanidades y ciencias sociales), Dawkins terminó “aceptando” que simplemente lo habíamos malinterpretado y que no se refería a que la historia no fuera una ciencia sino que los historiadores no habían realizado la síntesis que desarrolló Pinker.

Esta mañana recordé esa pregunta al escribir en el buscador: “historical science” y no encontrar más que referencias al debate entre Ken Ham y Bill Nye. El problema, Ken Ham manifestó que la ciencia histórica era el sustento de la idea de la creación divina, la fundamentación del creacionismo, mientras la ciencia observacional daría fundamento a la tecnología y desarrollo científico actual. Para Ham y sus seguidores esta sería la idea perfecta para una vez más refutar a los científicos ateos, pero para nosotros como historiadores nos sitúa en una posición complicada, otra vez.

La vociferación de Dawkins pudo significar una asociación (consciente o inconsciente) entre esta idea de Ham y la exposición de una historia científica por parte de Pinker, pero más aún, es preocupante el silencio de los historiadores respecto a la manifestación de los creacionistas. Los creacionistas reducen la ciencia histórica a la biblia moderna, que ni siquiera se analiza como fuente (para ellos el productor del documento es dios y su intencionalidad es la comunicación con los hombres), más aún, para ellos el origen del lenguaje, de la historia como tradicionalmente se reconocía, se origina con la primera frase escrita en el génesis, y la multiplicidad cultural se haya fundamentada en la torre de babel.

Una de las pocas réplicas desde la perspectiva del historiador la hizo el alemán Olaf Simons en un artículo del blog positivist. Allí dedica un apartado a responder la pregunta “¿…y la protesta de los historiadores?”, la cual quiero traducir:

… es más que la declaración de testigos presenciales que hizo Ham. Hemos aprendido que las ciencias son instituciones basadas en la evidencia ocular y la historia no lo es  ¿No tuvismos los historiadores un profundo debate acerca de la duda que debía prevalecer ante cualquier afirmación histórica: el debate respecto al Pirronismo histórico de los siglos XVI y XVII?  Lo gracioso es que tanto antes como ahora, no hemos podido resolver ese problema. En cambio, nos hemos dado cuenta que la base puramente documental está llena de problemas.  La solución al problema basada en testigos oculares es un resurgimiento sorprendente en este debate después de muchos años, ya que nosotros (es decir, historiadores como Pierre Bayle) despreciamos al testigo ocular como la peor fuente de todas desde 1690.  El testigo ocular tiene evidentes visiones personales, siempre tienen el conocimiento más limitado, describen las cosas como se les presentan. Pueden manipularse con preguntas, pueden manipularnos con sus variadas agendas políticas y religiosas. Pueden decir lo que  quieran, pero somos los historiadores los que les damos su posición respecto a las reconstrucciones del pasado.

¿Cerramos nuestras Facultades en la década de 1740 cuando historiadores como Martin Chladenius afirmaron que toda la historia era un tipo de crítica de narracionea literarias diseñada para hacer sorprendentes puntos de vistas basados en controversias? No.  Esa realidad inició una revolución: Trasladamos el debate acerca de la inseguridad de la evidencia, la misma discusión acerca de las interpretaciones tentativas que inició con el debate acerca del Pirronismo histórico desde el márgen de la ciencia hacia su mismo centro. La historia se convirtió en un debate abierto acerca de las evidencias y sus posible interpretaciones.

Ken Ham tiene razón, ni él ni Nye estuvieron presentes cuando el Gran Cañón se formó. Ambos, puedo añadir, estaban ausentes cuando Napoleón marchaba sobre este globo (y no estaban en Alemania ayer, por cierto). La pregunta “¿dónde estaba usted cuando esto sucedió?” es de hecho irrelevante. Es un movimiento muerto en un juego de ajedrez que ya está decidido de antemano. ¿Y las ciencias naturales? ¿Son el mundo feliz donde la historia no existe? O no lo quieren aceptar: Son ellos mismos una ciencia histórica. Los resultados de las pruebas relacionadas con colisiones atómicas producidas en una acelerador de hadrones son absolutamente históricas. Tu no estás en el punto donde esas partículas chocan entre sí, y son tan rápidas que de todas formas no se pueden observar. Lo que obtienes es un resultado de la prueba, y lo que interpretas es la evidencia restante. Tu haces esto después de una prueba en el colisionador, la interpretación de la ecidencia es el trabajo de los astrofísicos, de los físicos, de los geólogos y paleontólogos, y ese es el trabajo del historiador.

De la misma manera, Randall J. Stephens  en compañía del físico Karl W. Giberson han manifestado como estas ideas de Ham han calado en torno a dos corrientes que hacen carrera en Estados Unidos: el anti-intelectualismo y el emprendimiento religioso[*], basado en la creación de negocios a partir de la negación de la evolución y la “interpretación literal” de la biblia moderna. Pero de las pocas (poquísimas) menciones de historiadores acerca del problema me causó curiosidad la de Dan Anstead, quien hizo un llamado a entender y abordar las preguntas planteadas por los creacionistas, aislándolas del campo científico, pero analizándolas desde la historia, la filosofía y la moral.

Estoy de acuerdo con Anstead en no evadir el creacionismo, pero no para responder sus preguntas, sino para cuestionarnos nosotros mismos. ¿Estamos más cerca del creacionismo que de la ciencia? ¿Es posible que el rechazo a ultranza del positivismo y la adopción de una idea de absoluta subjetividad en la interpretación histórica nos acerque más a ser considerados pseudociencia antes que científicos? Básicamente, si queremos ser cuenta cuentos, lo mejor escomenzar a  buscar trabajo en los museos creacionistas de Ken Ham…

El siglo XIX que se asoma a la vuelta de la esquina

Al parecer, la segunda mitad del siglo XX fue tan solo un periodo de estupor frente a la posguerra. La sociedad industrial sostenida por naciones fuertes que buscaban por cualquier medio ampliar su “Lebensraum“, se vio reemplazada por la sociedad de consumo y desenfrenado laissez faire. La guerra fría fue básicamente una contradicción poderosa entre el modelo norteamericano de la posguerra y el sistema heredado desde el siglo XIX: el nacionalismo. Obvio, esta es una cuestión de la geopolítica del mundo Europeo extendido (Europa, sus colonias y sus territorios heredados en norteamérica, oceanía y Sudáfrica), porque en el resto del mundo estábamos en otros problemas: dictaduras militares, revoluciones armadas inconclusas, auge del narcotráfico, criminalidad y violencia en acelerado crecimiento, crecimiento desigual, etc, etc…

El problema es que para todos parecía que el mundo había “superado” el siglo XIX, la segunda guerra mundial fue una especie de “ya es suficiente, vamos a jugar a la guerra con el tercer mundo”. El siglo XIX no se superó, se trasladó de espacio, el Lebensraum ya no se luchaba en Europa sino en las colonias, esas que estaban independizándose, y en aquellas que parecía iban a forjar alianzas con el bando soviético. El temor de la guerra nuclear, de la tercera guerra mundial, esa paranoia de los años ochentas en la cual crecimos muchos, dio para programas especiales, para profecías, para invasiones. Cuando el bloque soviético se desintegró se dió por concretado el modelo de la posguerra, Fukuyama afirmó que había llegado el fin de la historia, y con un McDonnalds se impuso la bandera norteamericana sobre suelo moscovita: la segunda guerra mundial había terminado por fin. Sigue leyendo “El siglo XIX que se asoma a la vuelta de la esquina”