Café y desarrollo. El papel de la innovación en el crecimiento cafetero colombiano de 1880 a 1930

Cuando a finales del siglo XVIII Colombia descubrió las posibilidades del cultivo y exportación de café, el sueño de convertirse en un país cafetero era apenas una utopía. Entrando a la carrera del desarrollo con una seria desventaja, Colombia tendría que competir contra Brasil en el mercado mundial de grano, en primer lugar tratando de alcanzar los inmensos niveles de producción brasilera, para por fin, después de la Guerra de los Mil Días descubrir que la clave del éxito no estaría en sacar el mayor grano posible sino en hacer de este el más competitivo a nivel mundial, aumentando la calidad desarrollando un café colombiano que será el que hoy es reconocido globalmente.

En este ensayo se expondrá, desde una perspectiva neoinstitucional, que la posibilidad de crecimiento económico derivada de la producción de café se debió en buena medida a la innovación tecnológica, la implementación de un sistema de ferrocarriles cafeteros y a la creación de una clase de empresarios cafeteros a inicios del siglo XX que reemplazaron a la burguesía hacendataria del siglo XIX. Al final, se realiza un balance de por qué esta bonanza cafetera no redundó en transformar a Colombia en un país desarrollado sino apenas contribuyó a sostener un crecimiento moderado que le permitiera estar dentro de los niveles aceptables de una economía latinoamericana sin alcanzar el crecimiento de Brasil, Argentina o México. La hipótesis de la cual parte este escrito comprende que los cambios institucionales al interior de la economía cafetera no fueron acompañados de transformaciones en las instituciones estatales, las cuales, aunque lograron crear incentivos para la producción cafetera, no lograron garantizar el monopolio de la fuerza ni la estabilidad necesaria en términos de bienestar social, salarios, impuestos y aranceles.

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Bosquejo de la Provincia de Soto [Bucaramanga y Piedecuesta] después de la Guerra de los Mil Días

Para los años posteriores a la Guerra de los Mil Días, la Provincia de Soto se encontraba dividida en dos provincias: Bucaramanga y Piedecuesta. La provincia de Bucaramanga comprendía los municipios de Bucaramanga, California, Florida, Girón, Lebrija, Matanza, Puerto Wilches, Rionegro, Suratá y Tona, siendo Bucaramanga su capital; la provincia de Piedecuesta comprendía su capital homónima y los municipios de Los Santos y Umpalá[1]. En 1930 se funda el municipio de Charta que entra a comprender la provincia de Bucaramanga desde esa fecha.

Los centros urbanos se concentraban en las montañas, dedicados primordialmente a la agricultura y la artesanía; en tanto el valle del río magdalena estaba casi deshabitado, con excepción de Puerto Wilches, que se había convertido en el punto de salida de mercancías de la Provincia hacia el Magdalena y de allí hacia los mercados internacionales. Buena parte de la ribera de los ríos Lebrija y Sogamoso estaban prácticamente despobladas, siendo zonas consideradas de clima malsano y en las cuáles el paludismo era considerada una enfermedad endémica[2]. En río Sogamoso se encontraban los puertos de Santos y Marta, los cuales se convertían en casi las únicas poblaciones ribereñas, cumpliendo un papel fundamental en la importación de mercancías y exportación de café, tabaco y otros productos agrícolas hacia el Magsdalena y de allì a los mercados internacionales[3]. Sigue leyendo “Bosquejo de la Provincia de Soto [Bucaramanga y Piedecuesta] después de la Guerra de los Mil Días”