Los abusos de la cultura. El toreo y la libertad artística

Si es necesario hablar de los abusos de la cultura no hay mejor ejemplo que el vivido en este momento en Colombia: por una parte, la exposición “Mujeres Ocultas” fue censurada porque se oponía a la tradición católica, un ataque a la cultura religiosa. Por otra parte, se reviven las corridas de toros en Bogotá bajo el argumento de preservar la cultura taurina, el arte de una minoría. En ambos casos, el abuso del término cultura, merced de la extrema relativización del término, permite que cualquiera alegue que sus acciones son patrimonio cultural. Como lo dice el concepto que tiene el mismo Ministerio de Cultura, el patrimonio cultural comprende la “suma de bienes y manifestaciones que abarca un vasto campo de la vida social y está constituida por un complejo conjunto de activos sociales de carácter cultural (material e inmaterial), que le dan a un grupo humano sentido, identidad y pertenencia”*. Como quien dice es todo y nada a la vez.

El problema aquí es considerar que la cultura es neutral y que por el simple hecho de ser “cultura” se convierte en intocable, pura, sin posibilidad de cuestionamiento. Tan parcializada es la cultura que las últimas decisiones son meramente ideológicas en una confrontación cultural: el catolicismo frente a la expresión femenina y los taurinos frente a la sensibilidad con los seres vivos. Aquí mezclar patrimonio, memoria, arte y cultura en un solo paquete genera un inconveniente bastante serio, un sálvese quien pueda en el que cualquier argumento es válido.

Nadie pensaría en derrumbar los edificios del campo de concentración de Auschwitz y aunque algunos proponen abrirlos nuevamente para el exterminio de judíos (aunado a los inmigrantes legales e ilegales) en pro de la defensa de la cultura europea ningún juez en su sano juicio lo haría. De hecho, ningún magistrado por fuera de España pensaría en permitir abrir una plaza de toros solo por la “defensa de la cultura” de los hispanos.

Hay que poner límites a la cultura, la consideración postmoderna del término seguirá sirviendo más a los intereses de los conservadores que de los grupos más civilizados.

Anuncios

La ciencia histórica después de Ken Ham

Hace unos pocos días hubo una especie de debate con Richard Dawkins después que en su cuenta de Twitter publicara el siguiente mensaje: ”Why didn’t a historian write The Better Angels of Our Nature? Why did it take a scientist?” Esta pregunta era una manifestación de admiración por el trabajo de Steven Pinker, renombrado científico y además uno de los asociados más recientes al movimiento por la razón y la ciencia de Dawkins, donde presenta una visión del descenso milenario de los índices de violencia en la humanidad. Después de unas cuantas réplicas donde se hizo evidente la permanencia de la idea de una división entre las ciencias duras y las ciencias blandas (humanidades y ciencias sociales), Dawkins terminó “aceptando” que simplemente lo habíamos malinterpretado y que no se refería a que la historia no fuera una ciencia sino que los historiadores no habían realizado la síntesis que desarrolló Pinker.

Esta mañana recordé esa pregunta al escribir en el buscador: “historical science” y no encontrar más que referencias al debate entre Ken Ham y Bill Nye. El problema, Ken Ham manifestó que la ciencia histórica era el sustento de la idea de la creación divina, la fundamentación del creacionismo, mientras la ciencia observacional daría fundamento a la tecnología y desarrollo científico actual. Para Ham y sus seguidores esta sería la idea perfecta para una vez más refutar a los científicos ateos, pero para nosotros como historiadores nos sitúa en una posición complicada, otra vez.

La vociferación de Dawkins pudo significar una asociación (consciente o inconsciente) entre esta idea de Ham y la exposición de una historia científica por parte de Pinker, pero más aún, es preocupante el silencio de los historiadores respecto a la manifestación de los creacionistas. Los creacionistas reducen la ciencia histórica a la biblia moderna, que ni siquiera se analiza como fuente (para ellos el productor del documento es dios y su intencionalidad es la comunicación con los hombres), más aún, para ellos el origen del lenguaje, de la historia como tradicionalmente se reconocía, se origina con la primera frase escrita en el génesis, y la multiplicidad cultural se haya fundamentada en la torre de babel.

Una de las pocas réplicas desde la perspectiva del historiador la hizo el alemán Olaf Simons en un artículo del blog positivist. Allí dedica un apartado a responder la pregunta “¿…y la protesta de los historiadores?”, la cual quiero traducir:

… es más que la declaración de testigos presenciales que hizo Ham. Hemos aprendido que las ciencias son instituciones basadas en la evidencia ocular y la historia no lo es  ¿No tuvismos los historiadores un profundo debate acerca de la duda que debía prevalecer ante cualquier afirmación histórica: el debate respecto al Pirronismo histórico de los siglos XVI y XVII?  Lo gracioso es que tanto antes como ahora, no hemos podido resolver ese problema. En cambio, nos hemos dado cuenta que la base puramente documental está llena de problemas.  La solución al problema basada en testigos oculares es un resurgimiento sorprendente en este debate después de muchos años, ya que nosotros (es decir, historiadores como Pierre Bayle) despreciamos al testigo ocular como la peor fuente de todas desde 1690.  El testigo ocular tiene evidentes visiones personales, siempre tienen el conocimiento más limitado, describen las cosas como se les presentan. Pueden manipularse con preguntas, pueden manipularnos con sus variadas agendas políticas y religiosas. Pueden decir lo que  quieran, pero somos los historiadores los que les damos su posición respecto a las reconstrucciones del pasado.

¿Cerramos nuestras Facultades en la década de 1740 cuando historiadores como Martin Chladenius afirmaron que toda la historia era un tipo de crítica de narracionea literarias diseñada para hacer sorprendentes puntos de vistas basados en controversias? No.  Esa realidad inició una revolución: Trasladamos el debate acerca de la inseguridad de la evidencia, la misma discusión acerca de las interpretaciones tentativas que inició con el debate acerca del Pirronismo histórico desde el márgen de la ciencia hacia su mismo centro. La historia se convirtió en un debate abierto acerca de las evidencias y sus posible interpretaciones.

Ken Ham tiene razón, ni él ni Nye estuvieron presentes cuando el Gran Cañón se formó. Ambos, puedo añadir, estaban ausentes cuando Napoleón marchaba sobre este globo (y no estaban en Alemania ayer, por cierto). La pregunta “¿dónde estaba usted cuando esto sucedió?” es de hecho irrelevante. Es un movimiento muerto en un juego de ajedrez que ya está decidido de antemano. ¿Y las ciencias naturales? ¿Son el mundo feliz donde la historia no existe? O no lo quieren aceptar: Son ellos mismos una ciencia histórica. Los resultados de las pruebas relacionadas con colisiones atómicas producidas en una acelerador de hadrones son absolutamente históricas. Tu no estás en el punto donde esas partículas chocan entre sí, y son tan rápidas que de todas formas no se pueden observar. Lo que obtienes es un resultado de la prueba, y lo que interpretas es la evidencia restante. Tu haces esto después de una prueba en el colisionador, la interpretación de la ecidencia es el trabajo de los astrofísicos, de los físicos, de los geólogos y paleontólogos, y ese es el trabajo del historiador.

De la misma manera, Randall J. Stephens  en compañía del físico Karl W. Giberson han manifestado como estas ideas de Ham han calado en torno a dos corrientes que hacen carrera en Estados Unidos: el anti-intelectualismo y el emprendimiento religioso[*], basado en la creación de negocios a partir de la negación de la evolución y la “interpretación literal” de la biblia moderna. Pero de las pocas (poquísimas) menciones de historiadores acerca del problema me causó curiosidad la de Dan Anstead, quien hizo un llamado a entender y abordar las preguntas planteadas por los creacionistas, aislándolas del campo científico, pero analizándolas desde la historia, la filosofía y la moral.

Estoy de acuerdo con Anstead en no evadir el creacionismo, pero no para responder sus preguntas, sino para cuestionarnos nosotros mismos. ¿Estamos más cerca del creacionismo que de la ciencia? ¿Es posible que el rechazo a ultranza del positivismo y la adopción de una idea de absoluta subjetividad en la interpretación histórica nos acerque más a ser considerados pseudociencia antes que científicos? Básicamente, si queremos ser cuenta cuentos, lo mejor escomenzar a  buscar trabajo en los museos creacionistas de Ken Ham…

El siglo XIX que se asoma a la vuelta de la esquina

Al parecer, la segunda mitad del siglo XX fue tan solo un periodo de estupor frente a la posguerra. La sociedad industrial sostenida por naciones fuertes que buscaban por cualquier medio ampliar su “Lebensraum“, se vio reemplazada por la sociedad de consumo y desenfrenado laissez faire. La guerra fría fue básicamente una contradicción poderosa entre el modelo norteamericano de la posguerra y el sistema heredado desde el siglo XIX: el nacionalismo. Obvio, esta es una cuestión de la geopolítica del mundo Europeo extendido (Europa, sus colonias y sus territorios heredados en norteamérica, oceanía y Sudáfrica), porque en el resto del mundo estábamos en otros problemas: dictaduras militares, revoluciones armadas inconclusas, auge del narcotráfico, criminalidad y violencia en acelerado crecimiento, crecimiento desigual, etc, etc…

El problema es que para todos parecía que el mundo había “superado” el siglo XIX, la segunda guerra mundial fue una especie de “ya es suficiente, vamos a jugar a la guerra con el tercer mundo”. El siglo XIX no se superó, se trasladó de espacio, el Lebensraum ya no se luchaba en Europa sino en las colonias, esas que estaban independizándose, y en aquellas que parecía iban a forjar alianzas con el bando soviético. El temor de la guerra nuclear, de la tercera guerra mundial, esa paranoia de los años ochentas en la cual crecimos muchos, dio para programas especiales, para profecías, para invasiones. Cuando el bloque soviético se desintegró se dió por concretado el modelo de la posguerra, Fukuyama afirmó que había llegado el fin de la historia, y con un McDonnalds se impuso la bandera norteamericana sobre suelo moscovita: la segunda guerra mundial había terminado por fin. Sigue leyendo “El siglo XIX que se asoma a la vuelta de la esquina”

El neo-ateísmo y el amor por las discusiones estériles

Recientemente me encontraba haciendo una búsqueda en la Web sobre el libro de Lucien Febvre “Le problème de l’incroyance au XVIe siècle. La religion de Rabelais“, pensando al mismo tiempo en qué otro nombre podría tener la condición de ser ateo sin esa partícula teística que inmediatamente nos relaciona con el pensamiento religioso, así sea en la antireligiosidad. En medio de esa búsqueda me encontré con una entrada de blog que me pareció interesante, se titula “Oh Noes! Atheist ignores history!“, del biólogo Jerry A. Coyne, acérrimo contradictor de la idea del diseño inteligente; y en este el autor se va lanza en ristre contra Joseph Hoffman, quien para aseverar que el ateísmo es una religión fundamentada en el seguimiento ciego a sus líderes argumenta que los mismo ateos desconocen la historia de su ideología, que ahora se ha convertido en una serie de burlas y contrarituales que ofenden a los creyentes. Esta consideración del desconocimiento de la historia del ateísmo la toma de un artículo de Jacques Berlinerblau titulado “New Atheis = The Tea Party: Reflections on Professor Russe and Barash“, cuyas apreciaciones quiero reproducir aquí:

In fact, what is fascinating about the New Atheists is their almost complete lack of interest in the history and philosophical development of atheism. They seem not the least bit curious to venture beyond an understanding that reduces atheist thought to crude hyper-empiricism, hyper-materialism, and an undiscriminating anti-theism.

The least curious of them all is Christopher Hitchens. I criticized his God is Not Great on the pages of  The Chronicle of  Higher Education. I won’t develop my arguments of his follow-up, The Portable Atheist: Essential Readings for the Nonbeliever here. But let me issue a simple challenge for those who think the anthology represents an accurate reading of the development of atheism.

Step one: Read a few major scholarly studies of atheism like Professor Alan Kors’ Atheism in France, 1650-1729: Volume 1: The Orthodox Sources of Disbelief, or Michael Buckley’s At the Origins of Modern Atheism, or the somewhat graying study of Lucien Febvre, The Problem of Unbelief in the Sixteenth Century: The Religion of Rabelais.

Step Two: Go back to Hitchens’ anthology and ask yourself this question: Have the texts assembled by Hitchens recounted a narrative of the development of historical atheism anything like the ones you encountered in the aforementioned studies (and a dozen other works I could mention)? I will leave it at that for now. Read the books, and then we’ll talk.

Lo que Berlinerblau arguye es el desconocimiento voluntario o involuntario de la historia académica del ateísmo, de autores no “militantes” como Kors, Buckley y Febvre por parte de los que él denomina Neo-ateos. Toda esa discusión se llevó a cabo independientemente por parte de los autores mencionados en el mes de marzo de 2011, y hasta donde conozco terminó en ese mismo momento. Pero lo que me causa mayor curiosidad es la respuesta de Coyne a ambos artículos:

What amazing arrogance!  Now not only are we supposed to be ignorant of theology, but we’re ignorant of atheism as well.  Doesn’t the passage above remind you of  The Courtier’s Reply?  And the answer to both kinds of one-upsmanship is the same.  How much esoteric history do you have to know to be convinced that there is no God?  The important question, after all, is not whether we can pass muster in a Ph.D. exam on the history of religious and secular thought, but this: What is the evidence for god?

Lastimosamente para mí la respuesta de Coyne no sólo no refuta realmente los argumentos de Berlinerblau, sino que además los evade completamente. El pensamiento humano ha avanzado mucho desde que Sebastian Fauré escribió “Las doce pruebas de la inexistencia de Dios” (uno de los libros más preciados por mi padre, de hecho mi primer libro de ateísmo), y paradójicamente un estudio como el realizado por Febvre acerca del problema de la incredulidad en el siglo XVI puede ser mayor argumento contra el teísmo que el mismo texto de Fauré.

Al aplicar el segundo paso propuesto por Berlinerblau uno no puede más que darle la razón. The portable Atheist es una compilación anacrónica y propagandística, es un pequeño libro de “evangelios ateos”. En lugar de realizar un análisis concienzudo de la construcción de la idea de racionalidad y el conocimiento científico, Hitchens tomó extractos de diferentes autores, algunos tan disímiles como el romano Lucrecio, Omar Khayyám, Thomas Hobbes, Emma Goldman o Carl Sagan; los puso uno tras de otros después de haber realizado una introducción en forma de manifiesto acerca de los males de la religión. no voy a negar que es interesante y puede inflamar el espíritu guerrero anticristiano (de paso antimusulmán, pero nunca antisemita, eso es pecado), pero no logra mayor impacto que el dar herramientas para el debate estéril y el resentimiento religioso.

Una de las formas que tiene mi padre para divertirse consiste en ir a algún parque y repartir panfletos evangélicos modificados con frases ateas, muchas de ellas provenientes de “Las doce pruebas…”, de las obras de Nietzsche, Bakunin, Marx, Cioran… Mi papá es un ateo de la vieja escuela, para él la prueba lógica es suficiente para demostrar la inexistencia de dios; pero no lo es para el creacionista, para el pseudocientífico, para él la prueba debe ser científica y, según ellos, existen dos ciencias, la “ciencia histórica” y la “ciencia observacional”, entonces, mientras no se pueda demostrar por la ciencia observacional la evolución y los eventos de larga duración, simplemente no puede existir. Claro, tampoco la ciencia histórica puede refutar sus concepciones, porque el único “documento histórico” de un creacionista es una edición moderna de la biblia (nada más lejano a un documento histórico de hecho).

Pero, cual es mi punto. Que a pesar del largo camino recorrido por la ciencia y por el pensamiento del hombre en términos racionales, los ateos somos en cierta medida anacrónicos. Diariamente veo debates interminables entre creyentes y ateos con la misma lógica que se vivían en el siglo XIX, y no encuentro la diferencia entre esas discusiones con las que tenía mi papá con los evangélicos que nos “visitaban” los sábados. Revisando racionalmente, sin apasionamientos ni militancias, el mundo se ha vuelto más incrédulo no gracias al ateísmo sino a la ciencia, es más, se ha vuelto más incrédulo gracias al comercio y al consumo que a la militancia atea.

Las conferencias de Dawkins enfurecen a los creyentes y exhaltan a los ateos, pero al salir de ellas los creyentes siguen siendo creyentes y los ateos no dejan de ser ateos. El más reciente ejemplo de inutilidad de estas discusiones fue el debate entre Ken Ham y Bill “Science Guy” Nye el cual puede verse aún en Youtube. Antes del debate Dan Arel había advertido: “Scientists should not debate creationists. Period.” Pero después se retractó y felicitó a Nye afirmando que incluso después de este debate algunos niños verían con diferentes ojos las creencias de sus padres. Mi pregunta es ¿cual niño vio ese debate? y más aún, ¿qué niño soportaría tan soporífera sesión de casi tres horas de un debate sin posibilidades de consenso?. Al final del debate las páginas cristianas dieron por vencedor a Ken Ham, las páginas ateas a Bill Nye, y el resto del mundo ni se dio por enterado.

Si hay una labor que debamos hacer como “ateos”, es garantizar el progreso de la ciencia, y eso se logra haciendo ciencia, no proselitismo. Puede que las escuelas públicas de una región de Estados Unidos queden a merced de los creacionistas durante algunos años, pero la ciencia como método de pensamiento y progreso terminará imponiéndose por la sencilla razón que es por la ciencia que se mueve la economía y la economía mueve la ciencia, es una relación recíproca (que a veces no se entiende muy bien entre los humanistas) que será la que de el parte de victoria. Por ello, si quieres entender por qué eres ateo, ¿por qué no empezar por leer a aquellos científicos que han estudiado detenidamente el desarrollo de al incredulidad en occidente? es posible que aprendas algo más que argumentos para las discusiones estériles del face…